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21/11/12
9/12/11
25/11/11
Llao Llao
Nota de tapa / En poesía y en prosa
Llao Llao
Por Arturo Carrera | Para LA NACION
Son venezolanos dijo salieron a mirar el cielo a pesar del frío eran muy jóvenes entraban salían a veces con una copa de vino en la mano me parece que salieron a fumar no, no están fumando miran el cielo ah, oh, ah, oh un rumor ¿risas? sólo se oía eso *** Hudson me hubiera advertido: el último de los mensajes dice que escuches, que escuches a cada momento cada silencio, cada ímpetu del movimiento; puesto que no hay verdades sino sólo la traición de las coincidencias. Traición de coincidencia es la gracia del traductor salvaje. Cuando teme deslizar el mensaje de lo vivido en la acumulación de sueños del amanecer. Cuando su corazón unitivo se vuelve una luz que deshace toda sombra, toda oblicuidad? *** La visita a este lugar fue pródiga en alternativas. Una de las primeras fue la llegada a Esquel, desde donde avanzaríamos hacia Bariloche en ómnibus. ¿Qué ocurrió? Mientras esperábamos la señal del guía para abordar el transporte indicado, uno de nuestros compañeros de grupo desapareció de pronto entre el tumulto de jóvenes estudiantes que se disponían a viajar también en otros ómnibus, y donde después supimos que efectivamente (por un momento de confusión o súbita libertad) él había viajado. Y eso nos llenó de preocupación y de estímulo incluso, pues vino a ser la confirmación incipiente de que todo viaje entraña aventuras, y que toda aventura es, aun en sordina, la inquietud espiritual misma, que comprende fugas, traiciones accidentales; más las dolorosas peripecias que definen la diferencia entre la monotonía de la vida cotidiana, aburrida y normal, y el mundo como no lo conocimos todavía *** Tuve un hotel -le oí decir a mi compañero de asiento en el bus mientras llegábamos. Y siguió: allí fue el asesinato o el suicidio, no sé, de la pareja aquella, ¿te acordás? Los Brel. Los encontramos en la cama muertos a los dos. Y entre ellos, como un enigma inútil que nunca se pudo desentrañar: una linternita. No sabía si me hablaba a mí o si soñaba en voz alta. Se había cubierto los ojos con el gorro de lana y el vapor que exhalaba de su boca le daba un aire de fumador dormido. Pero el relato prosiguió. Me parecía ciertamente (alerces, abetos, abedules,? alguien pronunció muy bien todas esas aes) muy raro que fuéramos a un hotel y que él me hablara de su propio hotel, y que el hotel fuera ya una palabra de pie, sin moverse, en absoluto mutismo, como un actor o una actriz en medio de un congelado ensayo. ¿me había dormido? Intento escribir escuchando ese tiempo de la cesación que escuchábamos de niños. Dentro de los juguetes había. Ciertos juguetes tenían el intocable "resplandor". *** Flotantes en el vaivén de aquel avance entre nevisca y niebla, yo sentía escenas que se superponían. Toscas escenas, sin embargo, por momentos huían o "caían de peso". Una de ellas fue el reparto de unas bolsas Ziploc que contenían unos malogrados sándwiches de milanesa con la forma de las alpargatas Pampero. *** Antiguo sanatorio (hoy hotel) Schatzalp, en Davos. Mencionado en La montaña mágica. Aún hoy conserva la estructura típica de los sanatorios para enfermos tuberculosos de la época en que transcurre la novela. (Foto del autor). Esto aparece en un email que recibo de una amiga curiosa que quiere saber todo sobre mi estancia aquí: "No sé si Bariloche será como Davos, pero pienso que tu residencia puede ser como una breve estadía en la Montaña de Mann. Muy lindo el artículo de D. Levertov que me pasaste, gracias". Hotel: pequeño palacio, residencia privada, lujosa, ¿ayuntamiento? Hoy en día, tanto en francés como en otras lenguas, la palabra se usa también para designar un establecimiento dotado de habitaciones que hospeda a sus clientes a cambio de dinero. La palabra francesa hôtel tiene el mismo origen etimológico que la palabra española "hostal". Del francés pasó al inglés (hotel), y del francés, del español y del inglés pasó a otros idiomas, por lo que puede considerarse parte del vocabulario internacional. ¡Qué suerte! Hudson parecía haberme dicho también: ?en agosto, el abril de los poetas argentinos, el tiempo es intensamente frío. Y mi visita a la Patagonia, quizá una de las últimas aventuras que se me ofrecerían, nos recibió primero con ese resplandor de la niebla que quema con cal los remordimientos del paisaje, y después, al llegar al Llao-Llao, aquella nevada tumultuosa en el silencio, copos de un blanco tan intenso y sorprendente despertaron con su levedad sospechosa, una vez más, esa "otra vida". *** miro la nieve; temo la cercanía de un sueño que en esta superficie me muestre su profundidad, sus voces. Sin embargo, el paisaje es este abecedario diferente que se parece al tiempo. Y no es preciso dar cuenta de cuántos tiempos aunque sean muchedumbre. Sólo la felicidad los reúne, y otra vez, la frecuencia de las circunstancias y la nada material que divide en apariencia nieve y cenizas. La felicidad anula como si el yo fuera el azar. Pero su fuerza me desvía de todo lo visible y de todo lo que invisible aún, esta tarde me invade. Lo que contemplo tiene otro nombre. No lo sabe. Un nombre que le falta, que le falla, que no obtendrá. *** Esa mañana me vestí con el mejor equipo: íbamos con Chejfec al circuito o caminata nro. 1, rumbo al pequeño bosque de arrayanes de los alrededores del Llao-Llao. A la ida habíamos avanzado casi velozmente, movidos por la ilusión de tocar acaso ese color anaranjado con motas frías, de unos árboles parecidos a Bambi. Seguimos por esos senderos húmedos entre las grandes ramas de los alerces cargadas de nieve con la esperanza de llegar a divisar la isla de los Conejos. Oímos perdido entre las ramas, el canto raro de un pájaro desconocido. Sin demasiadas exclamaciones, íbamos como dos perros cautelosos que acompañan a un amo. La vuelta se hizo dificultosa, quizá demasiado lenta; de pronto Chejfec se demoró y yo, que seguí caminando como movido por inercia, comencé a llamarlo mientras caminaba como si estuviera cerca. Pero el eco me devolvió mi grave voz un poco desfigurada, con un matiz de alarma y de audible lejanía. No contestó a ningún llamado y lo creí tragado por esas luces y sombras del lugar que a esa hora del mediodía, como rayas luminosas y negras de un inmenso pincel afantasmaban todo. Lo volví a llamar y nada. Insistí. Nada. Pensé que se había demorado para hacer sus necesidades. Nada. De pronto oí una musiquita extraodinaria, de acordeón en el campo. Parecía La Veillée de Yann Tiersen tocada por J. Brunenberg en YouTube. Y de allí parecía volver Chejfec lentamente, transfigurado. Traía unas cañas colihues en los brazos como restos nevados de un ritual. Sonrojado y balbuciente, dijo que había estado escuchando los consejos de doña Ratoncilla, la mayor de las lauchas de Beatrix Potter, que no se casó, que se quedó a vivir con sus padres en las raíces de un cohihue, me explicó. La joven solterona había preferido la libertad del bosque, cerca del murmullo del agua y de los duetos del duet-duet, del rumor secreto de las cañas y la dulzura casera de los frutos azules, que rescataban cada noche la vigencia de los cuentos y los chiches de una audiencia lejana pero muy familiar. ¡Parece mentira! ¡Es que estaba allí entre nosotros! ¡Es que pasamos muy cerca de ella!, dijo serenamente Chejfec. ¿Cómo?, le dije. ¡Sí!, entré en la casa, fue un poco incómodo para mí, refirió con su expresión graciosa y crítica, tan animada como habitual en él; ¡pero me encantó!, ¡no sabés!, ¡es un laberinto precioso e insuficiente!, añadió. Fingí no darle al incidente ninguna importancia, quise saber de todos modos cómo había llegado. Me contó más detalles: No sé. No? no sé. Había metros y metros de pasadizos de tierra que llevaban a despensas, almacenes de nueces y avellanas, todos ellos entre las curiosas y desconocidas raíces de la profundidad del cohihue, exclamó. Después dijo enumerando: había una cocinita, y un salón semejante al del Gran Hotel donde nos alojamos, con las arañas de la luz hechas con cornamentas de toritos, esos insectos tan raros como los mismísimos ciervos del Llao-Llao. Había también una alcoba donde ha de dormir doña Ratoncilla. Ah, me llamó la atención que en su mesita de luz había un ejemplar diminuto de Lo sé todo. Precisamente el tomo 2, que habla de los ratones. No había muchas ventanas, apenas unos agujeritos como ojitos de buey con cortinas de alas de libélulas que apenas dejaban pasar la escasa luz. Hablaron muy poco, se ve. Sin embargo, dijo, doña Ratoncilla lo invitó a almorzar. El menú era delicioso, explicó Chejfec: tartas crocantes de miel y semillas, decoradas delicadamente; y para beber aguamiel en minúsculas copas hechas con cascabillos de bellotas. Según se lamentó, aplazó para otro día la tentadora invitación de quedarse a dormir, justo antes de socorrer a la señora laucha que se desesperó por la entrada de unos jovencitos malcriados. ¡Fuera! ¡Fuera, patitas sucias!, exclamó, según parece. Pero era tarde, porque una horda de ratones ya habían entrado a la cueva arrastrando y haciendo tambalear con el enredo de sus colas larguísimas los pocos muebles de doña Ratoncilla. Antes de despedirse la ayudó a limpiar y a ordenar todo, según dijo. Me mostré asombrado con el relato de mi compañero de caminata. Sin duda aquel sitio es único, da cabida a todas las especulaciones. No obstante, quise acudir a mis vagos conocimientos de medicina para establecer qué pudo solicitar entonces esos momentos raptados por el acontecimiento tan obsecuente y fácil como es a menudo el relato "poético". En la excursión del día anterior nos habían advertido del peligro de tocar esas cañas colihue. "Pueden estar infectadas por las heces de los miles de ratones colilargos que habitan el bosque durante la época de la fructificación, que se produjo precisamente después de 60 años, durante este mismo mes que transcurre", nos habían alertado. Pensé en otra dolencia más curiosa: la picnolepsia. Mucha gente sin saberlo, según creo, es atacada por la picnolepsia. Una levísima epilepsia que hace que uno se deslice por los intersticios del espacio-tiempo. Pliegues abstractos en los que suelen entramparse fácilmente los niños. Ya hubo casos famosos: uno, el de Alicia, la del País de las Maravillas. Otro, hace muchos años, en el mismísimo Hotel Llao-Llao de Bariloche. Se dice que el primer incendio que devastó el hotel a un año de su inauguración se debió a que la esposa de uno de los cuidadores, durante la temporada baja, puso a secar en el hogar del gran hall central los pañales de su beba recién nacida y sufrió, mientras contemplaba el fuego, un ataque de picnolepsia. Cuando despertó, el hotel ya había sido devastado por las llamas y a pesar de la nieve todo era una estructura tibia, endeble, de variados matices aún rojeantes entre montículos de cenizas. Ya en la mínima rotonda que nos devolvía al Hotel de vuelta del paseo y después de detenerse a mirar un cartel turístico con detalles de otros "lugares para recorrer", Chejfec me refirió otra historia simple y mucho más humana que la ratonil. Con eso me confirmaba a esas alturas algo que yo había creído descubrir en él: sus dotes de escritor para "el heroísmo discreto". Me cuenta como al pasar: "Cuando mi madre cumplió años, invité a comer a sus amigas. Eran once señoras encantadoras, mi mamá y yo. Ellas se mostraron muy agradecidas con mi invitación. Le dijeron a mi madre qué hijo tan amable y buen mozo tenía. Y le confesaron que sus propios hijos jamás habían tenido un gesto así. Me sentí un poco como Cristo entre apóstoles, subrayó, porque las once viejitas me estimularon desde entonces para escribir y razonar". *** Otro paseo casi obligado se agregó a la reclusión o a las salidas voluntarias. Fue para conocer el cerro Campanario, cuya vista panorámica es, por su complejidad, la tarjeta postal más bella y extensamente pintada. Cierta vez soñé que con cuatro tarjetas postales me fabricaba una casa y ya en ella, veía el monte Fujiyama, unos conejos pintados por Hokusai y dos paisajes que Matsuo Basho hubiera anhelado pisar. Al bajar del cerro en la inestable aerosilla, me tocó una compañera hermosa y amable que me explicó en un momento, mientras volábamos lentamente como ardillas, lo que yo imaginé como "la razón de su vida": "Siempre viví en el sur, dijo, casi nómademente. Los fenómenos naturales y sus excesos nunca me preocuparon; al contrario, me resultan meditables, así dijo. Por ejemplo, que haya explotado el volcán llenando todo de esta arena que llamamos ceniza es un acontecimiento único que reúne en mi caso la generación de mi padre, mi marido y mi hijo, que tendrán la oportunidad de tocar y hablar de un material ignoto, guardado durante milenios en el centro de la tierra". En las sillas que ascendían y nos cruzaban, curiosamente no venían personas, sino cajones con botellas de gaseosas. La noticia del diario Ámbito Financiero de ese día recomendaba: "Hay que lavar el auto seguido porque la ceniza, lejos de ser un simple polvillo, está compuesta de partículas de rocas, lava y hasta vidrio, una combinación perfecta para dañar la pintura, los vidrios y la carrocería". ...pero cerca, muy cerca, en el lago, las truchas daban vueltas bajo el agua. *** Hudson murmuró esa misma tarde: ?te dije que te llevaría, único furtivo conocimiento, hacia la tierra de las ovejas blancas y la ceniza leonada. A la estultífera tierra de la nieve. Donde nadie puede gritar, excepto los pájaros. Allí tus sentidos variando, concentrándose en los accidentes del paisaje -cada esferilla de sílex, cada hoja de árbol, cada cristal innúmero de nieve- se acercarían al eco del sentido y sobre toda esa quieta maravilla como un pisapapeles de Colette, nosotros, los domésticos cauquenes. *** Anoche nos pasaron El resplandor, de Kubrick. Y desde anoche uno de nuestros compañeros de grupo quedó hablando como el nenito de la película, con su dedo y su voz ronca matizada de risitas agudas. El nene se comunicaba con un espíritu que vivía dentro de él llamado Tony, que hablaba por su boca al tiempo que él doblaba su dedito índice: "¿está lindo este hotel, ¿no Tony?". Y Tony le advertía sobre esto y lo otro y lo de más allá. Y nuestro amigo insistía preguntándole al dedo en muchos momentos y en muchos lugares, incluso en el gimnasio, dentro de la tina de hidromasajes. Incluso en los baños. Y el dedo le respondía cosas tales como: "... lo que mantiene al mundo en pie? ¿no es la masturbación, tío? ¿Cómo la practicas tú, dime? ¿Con las uñas pintadas?". Etc. el futuro, el pasado, la alegría o la contra de trabajar con su padre en ese hotel... Cuando el niñito le pide a Tony alguna explicación de por qué no debe hacer tal cosa, tiene la visión de un aluvión de sangre que revienta las puertas de un ascensor entre dos niñas gemelas de aspecto inquietante que siempre lo llaman invitándolo a escribir. El dedo se mueve como un títere mientras él habla como un ventrílocuo. Y Tony es para nosotros ese doble que el poeta italiano Pascoli llama Il fanciulino: un niñito, una especie de ludión que sube y baja dentro del cuerpo sin órganos para no abandonarnos nunca? Para el niño de película también era una capacidad telepática con la que se comunicaba a distancia con el cocinero del hotel (Dick Halloran). Y esto le sería de gran ayuda cuando se dispuso a cocinar para la niña y los niños restantes aquella mesa llena de murmullos y palabras cercanas a la alegría pura y a la pura evasión. *** ¿Qué es un hotel sino el lugar donde podemos obtener, casi como una sustancia, el tiempo de la vida? Y aquí en el?Llao-Llao, en los jardines donde están las dos sustancias tan a mano: la ceniza, el sílex que es el tiempo eterno, y la nieve, que es lo efímero, su fugacidad. Es decir, el tiempo de nuestros antepasados precolombinos, que creían menos en la continuidad que en la interrupción. No el tiempo del movimiento por el movimiento en sí mismo, sino el tiempo de la vida, cuyo sentido es el reaseguro de la continuidad del mundo y de la cotidianidad misma. Y el hotel, un Hotel, ciertos días felices de hotel... En ellos el tiempo puede ceder, puede acabar, puede interrumpirse pero no hay casi que permitirlo, hay que escuchar y escribir lo que dicen sus visitantes, sus paredes, las historias de sus platos, como quiso Joyce y a su modo Thomas Mann. *** La belleza tiene nombre, el ímpetu, la energía de la luz me dice: ¡Hablá! Pero la naturaleza prefiere esconderse la Naturaleza no quiere jugar acá. no es Davos, no es el Schatzalp; sin embargo, la montaña que veo es mágica. Los cuatro puntos cardinales tienen gusto a chocolate soy estas huellas de pato, de bandurria, de carancho, grandes, oscuras, recortadas claramente en los rebordes helados, y las del cauquén, que mira decidiendo ¿nieve o ceniza? ¿nieve o sílex? ¿sílex o carbón? Pero siempre soy la palabra que no adviene todavía. EL MIÉRCOLES, A LAS 19. Historias de hotel será presentado en El Ateneo Grand Splendid, Santa Fe 1869..
Son venezolanos dijo salieron a mirar el cielo a pesar del frío eran muy jóvenes entraban salían a veces con una copa de vino en la mano me parece que salieron a fumar no, no están fumando miran el cielo ah, oh, ah, oh un rumor ¿risas? sólo se oía eso *** Hudson me hubiera advertido: el último de los mensajes dice que escuches, que escuches a cada momento cada silencio, cada ímpetu del movimiento; puesto que no hay verdades sino sólo la traición de las coincidencias. Traición de coincidencia es la gracia del traductor salvaje. Cuando teme deslizar el mensaje de lo vivido en la acumulación de sueños del amanecer. Cuando su corazón unitivo se vuelve una luz que deshace toda sombra, toda oblicuidad? *** La visita a este lugar fue pródiga en alternativas. Una de las primeras fue la llegada a Esquel, desde donde avanzaríamos hacia Bariloche en ómnibus. ¿Qué ocurrió? Mientras esperábamos la señal del guía para abordar el transporte indicado, uno de nuestros compañeros de grupo desapareció de pronto entre el tumulto de jóvenes estudiantes que se disponían a viajar también en otros ómnibus, y donde después supimos que efectivamente (por un momento de confusión o súbita libertad) él había viajado. Y eso nos llenó de preocupación y de estímulo incluso, pues vino a ser la confirmación incipiente de que todo viaje entraña aventuras, y que toda aventura es, aun en sordina, la inquietud espiritual misma, que comprende fugas, traiciones accidentales; más las dolorosas peripecias que definen la diferencia entre la monotonía de la vida cotidiana, aburrida y normal, y el mundo como no lo conocimos todavía *** Tuve un hotel -le oí decir a mi compañero de asiento en el bus mientras llegábamos. Y siguió: allí fue el asesinato o el suicidio, no sé, de la pareja aquella, ¿te acordás? Los Brel. Los encontramos en la cama muertos a los dos. Y entre ellos, como un enigma inútil que nunca se pudo desentrañar: una linternita. No sabía si me hablaba a mí o si soñaba en voz alta. Se había cubierto los ojos con el gorro de lana y el vapor que exhalaba de su boca le daba un aire de fumador dormido. Pero el relato prosiguió. Me parecía ciertamente (alerces, abetos, abedules,? alguien pronunció muy bien todas esas aes) muy raro que fuéramos a un hotel y que él me hablara de su propio hotel, y que el hotel fuera ya una palabra de pie, sin moverse, en absoluto mutismo, como un actor o una actriz en medio de un congelado ensayo. ¿me había dormido? Intento escribir escuchando ese tiempo de la cesación que escuchábamos de niños. Dentro de los juguetes había. Ciertos juguetes tenían el intocable "resplandor". *** Flotantes en el vaivén de aquel avance entre nevisca y niebla, yo sentía escenas que se superponían. Toscas escenas, sin embargo, por momentos huían o "caían de peso". Una de ellas fue el reparto de unas bolsas Ziploc que contenían unos malogrados sándwiches de milanesa con la forma de las alpargatas Pampero. *** Antiguo sanatorio (hoy hotel) Schatzalp, en Davos. Mencionado en La montaña mágica. Aún hoy conserva la estructura típica de los sanatorios para enfermos tuberculosos de la época en que transcurre la novela. (Foto del autor). Esto aparece en un email que recibo de una amiga curiosa que quiere saber todo sobre mi estancia aquí: "No sé si Bariloche será como Davos, pero pienso que tu residencia puede ser como una breve estadía en la Montaña de Mann. Muy lindo el artículo de D. Levertov que me pasaste, gracias". Hotel: pequeño palacio, residencia privada, lujosa, ¿ayuntamiento? Hoy en día, tanto en francés como en otras lenguas, la palabra se usa también para designar un establecimiento dotado de habitaciones que hospeda a sus clientes a cambio de dinero. La palabra francesa hôtel tiene el mismo origen etimológico que la palabra española "hostal". Del francés pasó al inglés (hotel), y del francés, del español y del inglés pasó a otros idiomas, por lo que puede considerarse parte del vocabulario internacional. ¡Qué suerte! Hudson parecía haberme dicho también: ?en agosto, el abril de los poetas argentinos, el tiempo es intensamente frío. Y mi visita a la Patagonia, quizá una de las últimas aventuras que se me ofrecerían, nos recibió primero con ese resplandor de la niebla que quema con cal los remordimientos del paisaje, y después, al llegar al Llao-Llao, aquella nevada tumultuosa en el silencio, copos de un blanco tan intenso y sorprendente despertaron con su levedad sospechosa, una vez más, esa "otra vida". *** miro la nieve; temo la cercanía de un sueño que en esta superficie me muestre su profundidad, sus voces. Sin embargo, el paisaje es este abecedario diferente que se parece al tiempo. Y no es preciso dar cuenta de cuántos tiempos aunque sean muchedumbre. Sólo la felicidad los reúne, y otra vez, la frecuencia de las circunstancias y la nada material que divide en apariencia nieve y cenizas. La felicidad anula como si el yo fuera el azar. Pero su fuerza me desvía de todo lo visible y de todo lo que invisible aún, esta tarde me invade. Lo que contemplo tiene otro nombre. No lo sabe. Un nombre que le falta, que le falla, que no obtendrá. *** Esa mañana me vestí con el mejor equipo: íbamos con Chejfec al circuito o caminata nro. 1, rumbo al pequeño bosque de arrayanes de los alrededores del Llao-Llao. A la ida habíamos avanzado casi velozmente, movidos por la ilusión de tocar acaso ese color anaranjado con motas frías, de unos árboles parecidos a Bambi. Seguimos por esos senderos húmedos entre las grandes ramas de los alerces cargadas de nieve con la esperanza de llegar a divisar la isla de los Conejos. Oímos perdido entre las ramas, el canto raro de un pájaro desconocido. Sin demasiadas exclamaciones, íbamos como dos perros cautelosos que acompañan a un amo. La vuelta se hizo dificultosa, quizá demasiado lenta; de pronto Chejfec se demoró y yo, que seguí caminando como movido por inercia, comencé a llamarlo mientras caminaba como si estuviera cerca. Pero el eco me devolvió mi grave voz un poco desfigurada, con un matiz de alarma y de audible lejanía. No contestó a ningún llamado y lo creí tragado por esas luces y sombras del lugar que a esa hora del mediodía, como rayas luminosas y negras de un inmenso pincel afantasmaban todo. Lo volví a llamar y nada. Insistí. Nada. Pensé que se había demorado para hacer sus necesidades. Nada. De pronto oí una musiquita extraodinaria, de acordeón en el campo. Parecía La Veillée de Yann Tiersen tocada por J. Brunenberg en YouTube. Y de allí parecía volver Chejfec lentamente, transfigurado. Traía unas cañas colihues en los brazos como restos nevados de un ritual. Sonrojado y balbuciente, dijo que había estado escuchando los consejos de doña Ratoncilla, la mayor de las lauchas de Beatrix Potter, que no se casó, que se quedó a vivir con sus padres en las raíces de un cohihue, me explicó. La joven solterona había preferido la libertad del bosque, cerca del murmullo del agua y de los duetos del duet-duet, del rumor secreto de las cañas y la dulzura casera de los frutos azules, que rescataban cada noche la vigencia de los cuentos y los chiches de una audiencia lejana pero muy familiar. ¡Parece mentira! ¡Es que estaba allí entre nosotros! ¡Es que pasamos muy cerca de ella!, dijo serenamente Chejfec. ¿Cómo?, le dije. ¡Sí!, entré en la casa, fue un poco incómodo para mí, refirió con su expresión graciosa y crítica, tan animada como habitual en él; ¡pero me encantó!, ¡no sabés!, ¡es un laberinto precioso e insuficiente!, añadió. Fingí no darle al incidente ninguna importancia, quise saber de todos modos cómo había llegado. Me contó más detalles: No sé. No? no sé. Había metros y metros de pasadizos de tierra que llevaban a despensas, almacenes de nueces y avellanas, todos ellos entre las curiosas y desconocidas raíces de la profundidad del cohihue, exclamó. Después dijo enumerando: había una cocinita, y un salón semejante al del Gran Hotel donde nos alojamos, con las arañas de la luz hechas con cornamentas de toritos, esos insectos tan raros como los mismísimos ciervos del Llao-Llao. Había también una alcoba donde ha de dormir doña Ratoncilla. Ah, me llamó la atención que en su mesita de luz había un ejemplar diminuto de Lo sé todo. Precisamente el tomo 2, que habla de los ratones. No había muchas ventanas, apenas unos agujeritos como ojitos de buey con cortinas de alas de libélulas que apenas dejaban pasar la escasa luz. Hablaron muy poco, se ve. Sin embargo, dijo, doña Ratoncilla lo invitó a almorzar. El menú era delicioso, explicó Chejfec: tartas crocantes de miel y semillas, decoradas delicadamente; y para beber aguamiel en minúsculas copas hechas con cascabillos de bellotas. Según se lamentó, aplazó para otro día la tentadora invitación de quedarse a dormir, justo antes de socorrer a la señora laucha que se desesperó por la entrada de unos jovencitos malcriados. ¡Fuera! ¡Fuera, patitas sucias!, exclamó, según parece. Pero era tarde, porque una horda de ratones ya habían entrado a la cueva arrastrando y haciendo tambalear con el enredo de sus colas larguísimas los pocos muebles de doña Ratoncilla. Antes de despedirse la ayudó a limpiar y a ordenar todo, según dijo. Me mostré asombrado con el relato de mi compañero de caminata. Sin duda aquel sitio es único, da cabida a todas las especulaciones. No obstante, quise acudir a mis vagos conocimientos de medicina para establecer qué pudo solicitar entonces esos momentos raptados por el acontecimiento tan obsecuente y fácil como es a menudo el relato "poético". En la excursión del día anterior nos habían advertido del peligro de tocar esas cañas colihue. "Pueden estar infectadas por las heces de los miles de ratones colilargos que habitan el bosque durante la época de la fructificación, que se produjo precisamente después de 60 años, durante este mismo mes que transcurre", nos habían alertado. Pensé en otra dolencia más curiosa: la picnolepsia. Mucha gente sin saberlo, según creo, es atacada por la picnolepsia. Una levísima epilepsia que hace que uno se deslice por los intersticios del espacio-tiempo. Pliegues abstractos en los que suelen entramparse fácilmente los niños. Ya hubo casos famosos: uno, el de Alicia, la del País de las Maravillas. Otro, hace muchos años, en el mismísimo Hotel Llao-Llao de Bariloche. Se dice que el primer incendio que devastó el hotel a un año de su inauguración se debió a que la esposa de uno de los cuidadores, durante la temporada baja, puso a secar en el hogar del gran hall central los pañales de su beba recién nacida y sufrió, mientras contemplaba el fuego, un ataque de picnolepsia. Cuando despertó, el hotel ya había sido devastado por las llamas y a pesar de la nieve todo era una estructura tibia, endeble, de variados matices aún rojeantes entre montículos de cenizas. Ya en la mínima rotonda que nos devolvía al Hotel de vuelta del paseo y después de detenerse a mirar un cartel turístico con detalles de otros "lugares para recorrer", Chejfec me refirió otra historia simple y mucho más humana que la ratonil. Con eso me confirmaba a esas alturas algo que yo había creído descubrir en él: sus dotes de escritor para "el heroísmo discreto". Me cuenta como al pasar: "Cuando mi madre cumplió años, invité a comer a sus amigas. Eran once señoras encantadoras, mi mamá y yo. Ellas se mostraron muy agradecidas con mi invitación. Le dijeron a mi madre qué hijo tan amable y buen mozo tenía. Y le confesaron que sus propios hijos jamás habían tenido un gesto así. Me sentí un poco como Cristo entre apóstoles, subrayó, porque las once viejitas me estimularon desde entonces para escribir y razonar". *** Otro paseo casi obligado se agregó a la reclusión o a las salidas voluntarias. Fue para conocer el cerro Campanario, cuya vista panorámica es, por su complejidad, la tarjeta postal más bella y extensamente pintada. Cierta vez soñé que con cuatro tarjetas postales me fabricaba una casa y ya en ella, veía el monte Fujiyama, unos conejos pintados por Hokusai y dos paisajes que Matsuo Basho hubiera anhelado pisar. Al bajar del cerro en la inestable aerosilla, me tocó una compañera hermosa y amable que me explicó en un momento, mientras volábamos lentamente como ardillas, lo que yo imaginé como "la razón de su vida": "Siempre viví en el sur, dijo, casi nómademente. Los fenómenos naturales y sus excesos nunca me preocuparon; al contrario, me resultan meditables, así dijo. Por ejemplo, que haya explotado el volcán llenando todo de esta arena que llamamos ceniza es un acontecimiento único que reúne en mi caso la generación de mi padre, mi marido y mi hijo, que tendrán la oportunidad de tocar y hablar de un material ignoto, guardado durante milenios en el centro de la tierra". En las sillas que ascendían y nos cruzaban, curiosamente no venían personas, sino cajones con botellas de gaseosas. La noticia del diario Ámbito Financiero de ese día recomendaba: "Hay que lavar el auto seguido porque la ceniza, lejos de ser un simple polvillo, está compuesta de partículas de rocas, lava y hasta vidrio, una combinación perfecta para dañar la pintura, los vidrios y la carrocería". ...pero cerca, muy cerca, en el lago, las truchas daban vueltas bajo el agua. *** Hudson murmuró esa misma tarde: ?te dije que te llevaría, único furtivo conocimiento, hacia la tierra de las ovejas blancas y la ceniza leonada. A la estultífera tierra de la nieve. Donde nadie puede gritar, excepto los pájaros. Allí tus sentidos variando, concentrándose en los accidentes del paisaje -cada esferilla de sílex, cada hoja de árbol, cada cristal innúmero de nieve- se acercarían al eco del sentido y sobre toda esa quieta maravilla como un pisapapeles de Colette, nosotros, los domésticos cauquenes. *** Anoche nos pasaron El resplandor, de Kubrick. Y desde anoche uno de nuestros compañeros de grupo quedó hablando como el nenito de la película, con su dedo y su voz ronca matizada de risitas agudas. El nene se comunicaba con un espíritu que vivía dentro de él llamado Tony, que hablaba por su boca al tiempo que él doblaba su dedito índice: "¿está lindo este hotel, ¿no Tony?". Y Tony le advertía sobre esto y lo otro y lo de más allá. Y nuestro amigo insistía preguntándole al dedo en muchos momentos y en muchos lugares, incluso en el gimnasio, dentro de la tina de hidromasajes. Incluso en los baños. Y el dedo le respondía cosas tales como: "... lo que mantiene al mundo en pie? ¿no es la masturbación, tío? ¿Cómo la practicas tú, dime? ¿Con las uñas pintadas?". Etc. el futuro, el pasado, la alegría o la contra de trabajar con su padre en ese hotel... Cuando el niñito le pide a Tony alguna explicación de por qué no debe hacer tal cosa, tiene la visión de un aluvión de sangre que revienta las puertas de un ascensor entre dos niñas gemelas de aspecto inquietante que siempre lo llaman invitándolo a escribir. El dedo se mueve como un títere mientras él habla como un ventrílocuo. Y Tony es para nosotros ese doble que el poeta italiano Pascoli llama Il fanciulino: un niñito, una especie de ludión que sube y baja dentro del cuerpo sin órganos para no abandonarnos nunca? Para el niño de película también era una capacidad telepática con la que se comunicaba a distancia con el cocinero del hotel (Dick Halloran). Y esto le sería de gran ayuda cuando se dispuso a cocinar para la niña y los niños restantes aquella mesa llena de murmullos y palabras cercanas a la alegría pura y a la pura evasión. *** ¿Qué es un hotel sino el lugar donde podemos obtener, casi como una sustancia, el tiempo de la vida? Y aquí en el?Llao-Llao, en los jardines donde están las dos sustancias tan a mano: la ceniza, el sílex que es el tiempo eterno, y la nieve, que es lo efímero, su fugacidad. Es decir, el tiempo de nuestros antepasados precolombinos, que creían menos en la continuidad que en la interrupción. No el tiempo del movimiento por el movimiento en sí mismo, sino el tiempo de la vida, cuyo sentido es el reaseguro de la continuidad del mundo y de la cotidianidad misma. Y el hotel, un Hotel, ciertos días felices de hotel... En ellos el tiempo puede ceder, puede acabar, puede interrumpirse pero no hay casi que permitirlo, hay que escuchar y escribir lo que dicen sus visitantes, sus paredes, las historias de sus platos, como quiso Joyce y a su modo Thomas Mann. *** La belleza tiene nombre, el ímpetu, la energía de la luz me dice: ¡Hablá! Pero la naturaleza prefiere esconderse la Naturaleza no quiere jugar acá. no es Davos, no es el Schatzalp; sin embargo, la montaña que veo es mágica. Los cuatro puntos cardinales tienen gusto a chocolate soy estas huellas de pato, de bandurria, de carancho, grandes, oscuras, recortadas claramente en los rebordes helados, y las del cauquén, que mira decidiendo ¿nieve o ceniza? ¿nieve o sílex? ¿sílex o carbón? Pero siempre soy la palabra que no adviene todavía. EL MIÉRCOLES, A LAS 19. Historias de hotel será presentado en El Ateneo Grand Splendid, Santa Fe 1869..
Ficción a la enésima potencia
Viernes 25 de noviembre de 2011 | Publicado en edición impresa
Ficción a la enésima potencia
Por Pedro B. Rey | LA NACION
Reunir bajo el techo del Llao Llao a un grupo de escritores es un experimento que no necesita justificación. El objetivo no era radical. Ni justas poéticas ni sesiones de escritura colectiva. Se trataba, sospecho, de atenuar la soledad, de permitirles una pausa que los descolocara o, si se prefiere, que los inspirara, a sabiendas de la anacrónica rémora romántica que contiene la palabra. Arturo Carrera, con la precisión afectiva de los poetas, definió el hotel, y la situación inédita de esos días, como un falansterio. Quizá sea justo convocar a Charles Fourier, el más adorable de los utopistas (adorable gracias a la impractibilidad luminosa de sus teorías), que se dedicó a imaginar esas comunidades autosustentables donde cualquiera de sus miembros, con sólo desearlo, podía trocar la función que cumplía en el diseño general. Mucho de eso hubo en esta estadía quimérica. Para un escritor, la adquisición de tiempo liso y llano es una suerte de ficción a la enésima potencia: la posibilidad de dedicarse sin segundos pensamientos a lo que, si fuera por él, únicamente haría.
En un hotel despoblado por los efectos colaterales de las cenizas volcánicas (que afortunadamente no se dejaron ver), durante días que vieron comprimirse en breve lapso nevadas, la grisura más invernal y el sol más reluciente, la célula utópica formada por Carrera, Sergio Chejfec, Robertita, Gustavo Nielsen, Ariel Magnus y Edgardo González Amer interactuó con una fluidez acaso imprevisible para escritores de estéticas tan variadas. Nielsen, que es también arquitecto y dibujante, se dedicó a relevar con sus lápices detalles invisibles a los ojos del lego; la perplejidad curiosa de Chejfec insistía en recordar al testigo involuntario alguna de sus obras (imposible no asociar sus paseos con los del protagonista de Mis dos mundos); Robertita exploraba, mientras tanto, zonas que convocaran el imaginario de las películas de terror. Carrera fue el mejor defensor de la inspiración contemplativa. Magnus, el que más se ajustó, sin jactancias, a la imagen del narrador laborioso. Por su parte, González Amer, escritor y cineasta, fue además, en otros tiempos, hotelero: la narración de sus experiencias, en una casita perdida en un campo de golf nocturno, fue el mejor relato oral (además de real) de aquellos días.
Un célebre editor europeo, Jérôme Lindon, tenía el tic, si le gustaba un manuscrito, de cambiarle el título. El detalle lo cuenta uno de sus autores, Jean Echenoz, en el impromptu que escribió a la muerte del hombre que lo descubrió, que por momentos lo respaldó y por otros lo ignoró, que sólo unas pocas veces lo invitó a comer y que, para su felicidad, tendía a cambiarle los títulos. Basta la lectura de ese texto breve, que oscila entre la admiración y el temor, para entender hasta qué punto, para aquel que escribe, la figura del editor es clave. No hay autor que no sienta, en algún momento, que puede quedar a la intemperie. Un editor no tiene la obligación de actuar como un filántropo pero sí, tal vez, de impulsar una generosa cofradía entre los miembros de esa sociedad virtual que él configura por medio de su gusto e intereses. Guido Indij, editor de Interzona y alma máter de la idea, parece haber calculado con precisión de geómetra la organización, pero también la duración del encuentro, que no le dejó resquicio a la entropía.
(Fragmento del prólogo de Historias de hotel, que publicará Interzona).
http://www.lanacion.com.ar/1425817-ficcion-a-la-enesima-potencia
Historias de hotel en ADN
Viernes 25 de noviembre de 2011 | Publicado en edición impresa
Nota de tapa / Una experiencia diferente
Escribir en un hotel del sur
Por Hugo Caligaris | LA NACION Twitter: @hcaligaris | Mail: hcaligaris@lanacion.com.ar | Ver perfil
El paisaje detrás de la ventana, en una foto que tomó Gustavo Nielsen desde las escaleras que conducían a su habitación.
A comienzos de otoño, recibimos una propuesta de Guido Indij, el director de la editorial Interzona. Quería que adn acompañara, auspiciara, promocionara y/o difundiera su proyecto de "residencia creativa". La fórmula era simple pero atractiva: consistía en reunir a un grupo de escritores en un lugar muy bello, alojarlos allí por unos días, alimentarlos y pasearlos a cambio de que cada uno escribiera algo. Un cuento, un artículo, un diario de viaje, poemas. El rango literario era completamente abierto, y el editor publicaría un libro con lo que cosechara al cabo de ese período de aislamiento. Un periodista acompañaría a los escritores, como testigo de la experiencia, y la revista cultural de La Nacion era la elegida.
Dado que no existen razones humanas para dejar pasar una invitación como ésta, aceptamos. Para la primera edición (habrá otras en los próximos años, aclaró Indij) el lugar sería el Llao Llao, en Bariloche, y la consigna, contar de un modo u otro historias que transcurrieran en un hotel.
Cuando comenzamos a hablar, en abril, la simple mención de aquel rincón paradisíaco quebró las dudas que pudieran quedar sobre el destino de la empresa. La inspiración es un concepto siempre polémico, pero si la inspiración existe, tiene por fuerza que presentársele a uno mientras mira caer la nieve tras los cristales de una mansión de madera y piedra, en una loma que tiene por detrás la cordillera y por delante lagos de cuentos de hadas como el Nahuel Huapi y el Moreno. Sonaba todo bien, incluso demasiado bien. El plan era viajar en agosto, en plena temporada turística de invierno. El hotel estaría repleto de esquiadores felices para quienes los escritores serían una atracción más.
La alegría colectiva y la ausencia de conflicto podían malograrlo todo, ya que el clima festivo y la creatividad no siempre hacen pareja. Había que cambiar intimidad por ruido, pero era un riesgo que se podía correr sin miedo. Nadie podía imaginar que los escritores, el editor y el periodista estarían prácticamente solos en las inmensas salas del Llao Llao. Era imposible saber que a principios de junio entraría en actividad incontrolable el complejo volcánico Puyehue-Cordón del Caulle, que caerían muchísimas toneladas de cenizas sobre toda la región de los bosques, que se suspenderían los vuelos y que, por desgraciada consecuencia, la temporada patagónica de invierno fracasaría.
El viaje se hizo igual, aunque era lógico pensar, a fin de julio, que se suspendería. El seleccionado literario tuvo un precalentamiento de trescientos kilómetros por tierra, entre Esquel y Llao Llao, para probar la convivencia obligatoria de los días siguientes.
Cuando llegaron al hotel desierto, ya sabían que, al menos en el aspecto humano, aquello no sería un mal programa. Ahora que el libro está a punto de llegar a las librerías se pueden ver las ventajas de los conjuntos variados, ricos en diferencias y matices. Con tantos meses de preparativos y tantos accidentes naturales, era lógico que hubiera alzas y bajas respecto de la nómina inicial.
Finalmente quedaron Arturo Carrera, Sergio Chejfec, Robertita Superstar, Gustavo Nielsen, Ariel Magnus y Edgardo González Amer. Por adn fue Pedro B. Rey, subeditor de la revista. Al regreso contó que para motivar al grupo, Indij hizo que proyectaran una noche la clásica película de Stanley Kubrick El resplandor, en la que Jack Nicholson sucumbe a la locura y a la furia asesina en un hotel de lujo.
Los días transcurrían entre lo público y lo privado. Encerrados en sus habitaciones, los escritores esbozaban los textos que redondearían más tarde, al regresar del viaje. Más tarde o más temprano se encontraban en los pasillos, participaban de mesas redondas sobre literatura, eran llevados a pasear por un Circuito Chico con nieve fresca sobre las cenizas, iban a donar libros a instituciones benéficas, en el centro. Sobre todo, cenaban juntos. Una noche, Nielsen amasó fideos para sus compañeros. Parece que nunca falla en esa especialidad.
Otra noche, mientras comían, alguien, todavía impresionado por el film, le preguntó a la administradora si había habido historias trágicas en el Llao Llao, historias que igualaran en efecto dramático la que tenía para contar uno de los del grupo. En su pasado de hotelero, González Amer había sido testigo en su establecimiento de Cariló de un doble suicidio, un episodio nunca del todo esclarecido.
Uno por uno
Edgardo González Amer es también director de cine. Es porteño, nació en 1955 y se destaca como cuentista (El probador de muñecas) y novelista (Danza de los torturados, La mujer perfecta). El relato que concibió en Llao Llao se llama "Huésped de ningún lugar" y tiene que ver con la muerte de un padre, con el destino de sus cenizas y con un hotel que el protagonista recibe como herencia: Los primeros momentos fueron incómodos porque, más allá de que yo era el dueño del lugar, Marcelo lo habitaba desde hacía tres años. El hotel era su casa y su lugar de trabajo. No puso en duda mis derechos, pero tampoco se entregó a mis órdenes. En cuanto nos acomodamos en nuestras habitaciones se lo dije a Ana. -¿Y qué se supone que ibas a ordenarle, tarado? -No sé, pero me hizo sentir incómodo...
Ariel Magnus tiene sólo 36 años y una carrera con proyección internacional desde que ganó el premio La Otra Orilla con su novela Un chino en bicicleta, en 2007. Desde ese éxito escribió bastante: Cartas a mi vecina de arriba, Ganar es de perdedores y La cuadratura de la redondez, entre otros. El humor es un ingrediente típico en la obra de Magnus. Su cuento barilochense se titula "El conserje". Dice allí: Llamó a su madre para decirle que había llegado bien y regresó a la terraza del hotel, donde siguió practicando una de las cuatro actividades que le conocíamos de sus vacaciones, aparte del juego, la lectura y el pescado. Se dejó asar con método, cambiando cada media hora de postura como quien busca el sueño la noche previa a un viaje.
Robertita Superstar, o simplemente Robertita, es una ilustradora y arquitecta de 35 años cuya celebridad se debe, sobre todo, al blog Treintañera, que mantiene desde 2006. Su aporte para las Historias de hotel tiene el lenguaje fragmentario y coloquial popios de Internet y la era virtual. Se llama "Poner título" y éste es el tono: Seguro estoy en crisis por lo de los 30 años, que es una mierda tener 30 años porque ya después viene que te hacés vieja y después ya te morís. No me quiero morir. Vamos a la habitación. Lo miro. Se tira en la cama y rebota. Mueve los dedos de los pies. No me gusta que haga eso con los dedos. ¿Me gusta? Sí, lo amo, lo amo. Boluda, lo amás, estás enamorada. Es el padre de los hijos que van a tener.
Sergio Chejfec, un porteño de 55 años que vive desde hace seis en Nueva York, es el autor de "El seguidor de la nieve", el cuento más concentrado y de clima narrativo más intenso: Al principio, los copos son volutas que parecen materia olvidada, partículas de sedimentos arrastrados desde los techos o los árboles. En el comienzo no es nieve, piensa. Las formas van aumentando poco a poco en volumen y, sobre todo, en frecuencia; y cuando uno quiere precisar el verdadero comienzo del fenómeno advierte que en realidad ya asiste al hecho consumado y, digamos, en pleno desarrollo. Entonces el seguidor se olvida de atender al comienzo y entra en un estado similar al de abandono: sólo quiere observar y perder la mirada en la malla blanca.
Gustavo Nielsen es arquitecto además de escritor. A los 49 años, acumula una buena cantidad de premios literarios por libros como Playa quemada, El corazón de Doli, La flor azteca y La otra playa. "Hotel Nouvelle", lo que escribió en esta residencia creativa, es el texto que mejor se ajusta a la consigna. Desde la planta baja hasta el tercer piso, cuenta las cosas que ocurren, que se dicen y se piensan en cada habitación. Hay toques de poesía. En el "libro de quejas" se anota, por ejemplo: "Los sueños de este hotel no tienen renovación". Y también bastante ironía: Habitación 108. Él toca la batería hasta las cinco de la mañana. Ella se acuesta a descansar hasta esa hora, sin escucharlo. Entonces se levanta para ir a su trabajo. Hace ruido con los pies, agita las puertas de los placares, roza la vajilla al lavarla, con la radio puesta a todo volumen. Él tampoco la escucha. Nosotros, los vecinos, sufrimos.
El poeta, ensayista y traductor Arturo Carrera nació en Pringles en 1948 y fue traducido a varios idiomas. Reproducimos en estas páginas un fragmento bastante extenso del texto que escribió en Bariloche. El título es, precisamente, "Llao Llao", y narra con lirismo y humor toda la empresa imaginada por Indij y llevada adelante con fortuna, contra viento y cenizas.
http://www.lanacion.com.ar/1425813-escribir-en-un-hotel-del-sur
Por Hugo Caligaris | LA NACION Twitter: @hcaligaris | Mail: hcaligaris@lanacion.com.ar | Ver perfil
El paisaje detrás de la ventana, en una foto que tomó Gustavo Nielsen desde las escaleras que conducían a su habitación.
A comienzos de otoño, recibimos una propuesta de Guido Indij, el director de la editorial Interzona. Quería que adn acompañara, auspiciara, promocionara y/o difundiera su proyecto de "residencia creativa". La fórmula era simple pero atractiva: consistía en reunir a un grupo de escritores en un lugar muy bello, alojarlos allí por unos días, alimentarlos y pasearlos a cambio de que cada uno escribiera algo. Un cuento, un artículo, un diario de viaje, poemas. El rango literario era completamente abierto, y el editor publicaría un libro con lo que cosechara al cabo de ese período de aislamiento. Un periodista acompañaría a los escritores, como testigo de la experiencia, y la revista cultural de La Nacion era la elegida.
Dado que no existen razones humanas para dejar pasar una invitación como ésta, aceptamos. Para la primera edición (habrá otras en los próximos años, aclaró Indij) el lugar sería el Llao Llao, en Bariloche, y la consigna, contar de un modo u otro historias que transcurrieran en un hotel.
Cuando comenzamos a hablar, en abril, la simple mención de aquel rincón paradisíaco quebró las dudas que pudieran quedar sobre el destino de la empresa. La inspiración es un concepto siempre polémico, pero si la inspiración existe, tiene por fuerza que presentársele a uno mientras mira caer la nieve tras los cristales de una mansión de madera y piedra, en una loma que tiene por detrás la cordillera y por delante lagos de cuentos de hadas como el Nahuel Huapi y el Moreno. Sonaba todo bien, incluso demasiado bien. El plan era viajar en agosto, en plena temporada turística de invierno. El hotel estaría repleto de esquiadores felices para quienes los escritores serían una atracción más.
La alegría colectiva y la ausencia de conflicto podían malograrlo todo, ya que el clima festivo y la creatividad no siempre hacen pareja. Había que cambiar intimidad por ruido, pero era un riesgo que se podía correr sin miedo. Nadie podía imaginar que los escritores, el editor y el periodista estarían prácticamente solos en las inmensas salas del Llao Llao. Era imposible saber que a principios de junio entraría en actividad incontrolable el complejo volcánico Puyehue-Cordón del Caulle, que caerían muchísimas toneladas de cenizas sobre toda la región de los bosques, que se suspenderían los vuelos y que, por desgraciada consecuencia, la temporada patagónica de invierno fracasaría.
El viaje se hizo igual, aunque era lógico pensar, a fin de julio, que se suspendería. El seleccionado literario tuvo un precalentamiento de trescientos kilómetros por tierra, entre Esquel y Llao Llao, para probar la convivencia obligatoria de los días siguientes.
Cuando llegaron al hotel desierto, ya sabían que, al menos en el aspecto humano, aquello no sería un mal programa. Ahora que el libro está a punto de llegar a las librerías se pueden ver las ventajas de los conjuntos variados, ricos en diferencias y matices. Con tantos meses de preparativos y tantos accidentes naturales, era lógico que hubiera alzas y bajas respecto de la nómina inicial.
Finalmente quedaron Arturo Carrera, Sergio Chejfec, Robertita Superstar, Gustavo Nielsen, Ariel Magnus y Edgardo González Amer. Por adn fue Pedro B. Rey, subeditor de la revista. Al regreso contó que para motivar al grupo, Indij hizo que proyectaran una noche la clásica película de Stanley Kubrick El resplandor, en la que Jack Nicholson sucumbe a la locura y a la furia asesina en un hotel de lujo.
Los días transcurrían entre lo público y lo privado. Encerrados en sus habitaciones, los escritores esbozaban los textos que redondearían más tarde, al regresar del viaje. Más tarde o más temprano se encontraban en los pasillos, participaban de mesas redondas sobre literatura, eran llevados a pasear por un Circuito Chico con nieve fresca sobre las cenizas, iban a donar libros a instituciones benéficas, en el centro. Sobre todo, cenaban juntos. Una noche, Nielsen amasó fideos para sus compañeros. Parece que nunca falla en esa especialidad.
Otra noche, mientras comían, alguien, todavía impresionado por el film, le preguntó a la administradora si había habido historias trágicas en el Llao Llao, historias que igualaran en efecto dramático la que tenía para contar uno de los del grupo. En su pasado de hotelero, González Amer había sido testigo en su establecimiento de Cariló de un doble suicidio, un episodio nunca del todo esclarecido.
Uno por uno
Edgardo González Amer es también director de cine. Es porteño, nació en 1955 y se destaca como cuentista (El probador de muñecas) y novelista (Danza de los torturados, La mujer perfecta). El relato que concibió en Llao Llao se llama "Huésped de ningún lugar" y tiene que ver con la muerte de un padre, con el destino de sus cenizas y con un hotel que el protagonista recibe como herencia: Los primeros momentos fueron incómodos porque, más allá de que yo era el dueño del lugar, Marcelo lo habitaba desde hacía tres años. El hotel era su casa y su lugar de trabajo. No puso en duda mis derechos, pero tampoco se entregó a mis órdenes. En cuanto nos acomodamos en nuestras habitaciones se lo dije a Ana. -¿Y qué se supone que ibas a ordenarle, tarado? -No sé, pero me hizo sentir incómodo...
Ariel Magnus tiene sólo 36 años y una carrera con proyección internacional desde que ganó el premio La Otra Orilla con su novela Un chino en bicicleta, en 2007. Desde ese éxito escribió bastante: Cartas a mi vecina de arriba, Ganar es de perdedores y La cuadratura de la redondez, entre otros. El humor es un ingrediente típico en la obra de Magnus. Su cuento barilochense se titula "El conserje". Dice allí: Llamó a su madre para decirle que había llegado bien y regresó a la terraza del hotel, donde siguió practicando una de las cuatro actividades que le conocíamos de sus vacaciones, aparte del juego, la lectura y el pescado. Se dejó asar con método, cambiando cada media hora de postura como quien busca el sueño la noche previa a un viaje.
Robertita Superstar, o simplemente Robertita, es una ilustradora y arquitecta de 35 años cuya celebridad se debe, sobre todo, al blog Treintañera, que mantiene desde 2006. Su aporte para las Historias de hotel tiene el lenguaje fragmentario y coloquial popios de Internet y la era virtual. Se llama "Poner título" y éste es el tono: Seguro estoy en crisis por lo de los 30 años, que es una mierda tener 30 años porque ya después viene que te hacés vieja y después ya te morís. No me quiero morir. Vamos a la habitación. Lo miro. Se tira en la cama y rebota. Mueve los dedos de los pies. No me gusta que haga eso con los dedos. ¿Me gusta? Sí, lo amo, lo amo. Boluda, lo amás, estás enamorada. Es el padre de los hijos que van a tener.
Sergio Chejfec, un porteño de 55 años que vive desde hace seis en Nueva York, es el autor de "El seguidor de la nieve", el cuento más concentrado y de clima narrativo más intenso: Al principio, los copos son volutas que parecen materia olvidada, partículas de sedimentos arrastrados desde los techos o los árboles. En el comienzo no es nieve, piensa. Las formas van aumentando poco a poco en volumen y, sobre todo, en frecuencia; y cuando uno quiere precisar el verdadero comienzo del fenómeno advierte que en realidad ya asiste al hecho consumado y, digamos, en pleno desarrollo. Entonces el seguidor se olvida de atender al comienzo y entra en un estado similar al de abandono: sólo quiere observar y perder la mirada en la malla blanca.
Gustavo Nielsen es arquitecto además de escritor. A los 49 años, acumula una buena cantidad de premios literarios por libros como Playa quemada, El corazón de Doli, La flor azteca y La otra playa. "Hotel Nouvelle", lo que escribió en esta residencia creativa, es el texto que mejor se ajusta a la consigna. Desde la planta baja hasta el tercer piso, cuenta las cosas que ocurren, que se dicen y se piensan en cada habitación. Hay toques de poesía. En el "libro de quejas" se anota, por ejemplo: "Los sueños de este hotel no tienen renovación". Y también bastante ironía: Habitación 108. Él toca la batería hasta las cinco de la mañana. Ella se acuesta a descansar hasta esa hora, sin escucharlo. Entonces se levanta para ir a su trabajo. Hace ruido con los pies, agita las puertas de los placares, roza la vajilla al lavarla, con la radio puesta a todo volumen. Él tampoco la escucha. Nosotros, los vecinos, sufrimos.
El poeta, ensayista y traductor Arturo Carrera nació en Pringles en 1948 y fue traducido a varios idiomas. Reproducimos en estas páginas un fragmento bastante extenso del texto que escribió en Bariloche. El título es, precisamente, "Llao Llao", y narra con lirismo y humor toda la empresa imaginada por Indij y llevada adelante con fortuna, contra viento y cenizas.
http://www.lanacion.com.ar/1425813-escribir-en-un-hotel-del-sur
24/11/11
4/9/11
Residencia Creativa® interZona XVIII LENTES
Vista desde la lente de
Sergio Chejfec
Robertita
Edgardo González Amer
Gustavo Nielsen
Guido Indij
y algunos extras
Sergio Chejfec
Robertita
Edgardo González Amer
Gustavo Nielsen
Guido Indij
y algunos extras
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