25/11/11

Llao Llao

Nota de tapa / En poesía y en prosa Llao Llao Por Arturo Carrera | Para LA NACION
Son venezolanos dijo salieron a mirar el cielo a pesar del frío eran muy jóvenes entraban salían a veces con una copa de vino en la mano me parece que salieron a fumar no, no están fumando miran el cielo ah, oh, ah, oh un rumor ¿risas? sólo se oía eso *** Hudson me hubiera advertido: el último de los mensajes dice que escuches, que escuches a cada momento cada silencio, cada ímpetu del movimiento; puesto que no hay verdades sino sólo la traición de las coincidencias. Traición de coincidencia es la gracia del traductor salvaje. Cuando teme deslizar el mensaje de lo vivido en la acumulación de sueños del amanecer. Cuando su corazón unitivo se vuelve una luz que deshace toda sombra, toda oblicuidad? *** La visita a este lugar fue pródiga en alternativas. Una de las primeras fue la llegada a Esquel, desde donde avanzaríamos hacia Bariloche en ómnibus. ¿Qué ocurrió? Mientras esperábamos la señal del guía para abordar el transporte indicado, uno de nuestros compañeros de grupo desapareció de pronto entre el tumulto de jóvenes estudiantes que se disponían a viajar también en otros ómnibus, y donde después supimos que efectivamente (por un momento de confusión o súbita libertad) él había viajado. Y eso nos llenó de preocupación y de estímulo incluso, pues vino a ser la confirmación incipiente de que todo viaje entraña aventuras, y que toda aventura es, aun en sordina, la inquietud espiritual misma, que comprende fugas, traiciones accidentales; más las dolorosas peripecias que definen la diferencia entre la monotonía de la vida cotidiana, aburrida y normal, y el mundo como no lo conocimos todavía *** Tuve un hotel -le oí decir a mi compañero de asiento en el bus mientras llegábamos. Y siguió: allí fue el asesinato o el suicidio, no sé, de la pareja aquella, ¿te acordás? Los Brel. Los encontramos en la cama muertos a los dos. Y entre ellos, como un enigma inútil que nunca se pudo desentrañar: una linternita. No sabía si me hablaba a mí o si soñaba en voz alta. Se había cubierto los ojos con el gorro de lana y el vapor que exhalaba de su boca le daba un aire de fumador dormido. Pero el relato prosiguió. Me parecía ciertamente (alerces, abetos, abedules,? alguien pronunció muy bien todas esas aes) muy raro que fuéramos a un hotel y que él me hablara de su propio hotel, y que el hotel fuera ya una palabra de pie, sin moverse, en absoluto mutismo, como un actor o una actriz en medio de un congelado ensayo. ¿me había dormido? Intento escribir escuchando ese tiempo de la cesación que escuchábamos de niños. Dentro de los juguetes había. Ciertos juguetes tenían el intocable "resplandor". *** Flotantes en el vaivén de aquel avance entre nevisca y niebla, yo sentía escenas que se superponían. Toscas escenas, sin embargo, por momentos huían o "caían de peso". Una de ellas fue el reparto de unas bolsas Ziploc que contenían unos malogrados sándwiches de milanesa con la forma de las alpargatas Pampero. *** Antiguo sanatorio (hoy hotel) Schatzalp, en Davos. Mencionado en La montaña mágica. Aún hoy conserva la estructura típica de los sanatorios para enfermos tuberculosos de la época en que transcurre la novela. (Foto del autor). Esto aparece en un email que recibo de una amiga curiosa que quiere saber todo sobre mi estancia aquí: "No sé si Bariloche será como Davos, pero pienso que tu residencia puede ser como una breve estadía en la Montaña de Mann. Muy lindo el artículo de D. Levertov que me pasaste, gracias". Hotel: pequeño palacio, residencia privada, lujosa, ¿ayuntamiento? Hoy en día, tanto en francés como en otras lenguas, la palabra se usa también para designar un establecimiento dotado de habitaciones que hospeda a sus clientes a cambio de dinero. La palabra francesa hôtel tiene el mismo origen etimológico que la palabra española "hostal". Del francés pasó al inglés (hotel), y del francés, del español y del inglés pasó a otros idiomas, por lo que puede considerarse parte del vocabulario internacional. ¡Qué suerte! Hudson parecía haberme dicho también: ?en agosto, el abril de los poetas argentinos, el tiempo es intensamente frío. Y mi visita a la Patagonia, quizá una de las últimas aventuras que se me ofrecerían, nos recibió primero con ese resplandor de la niebla que quema con cal los remordimientos del paisaje, y después, al llegar al Llao-Llao, aquella nevada tumultuosa en el silencio, copos de un blanco tan intenso y sorprendente despertaron con su levedad sospechosa, una vez más, esa "otra vida". *** miro la nieve; temo la cercanía de un sueño que en esta superficie me muestre su profundidad, sus voces. Sin embargo, el paisaje es este abecedario diferente que se parece al tiempo. Y no es preciso dar cuenta de cuántos tiempos aunque sean muchedumbre. Sólo la felicidad los reúne, y otra vez, la frecuencia de las circunstancias y la nada material que divide en apariencia nieve y cenizas. La felicidad anula como si el yo fuera el azar. Pero su fuerza me desvía de todo lo visible y de todo lo que invisible aún, esta tarde me invade. Lo que contemplo tiene otro nombre. No lo sabe. Un nombre que le falta, que le falla, que no obtendrá. *** Esa mañana me vestí con el mejor equipo: íbamos con Chejfec al circuito o caminata nro. 1, rumbo al pequeño bosque de arrayanes de los alrededores del Llao-Llao. A la ida habíamos avanzado casi velozmente, movidos por la ilusión de tocar acaso ese color anaranjado con motas frías, de unos árboles parecidos a Bambi. Seguimos por esos senderos húmedos entre las grandes ramas de los alerces cargadas de nieve con la esperanza de llegar a divisar la isla de los Conejos. Oímos perdido entre las ramas, el canto raro de un pájaro desconocido. Sin demasiadas exclamaciones, íbamos como dos perros cautelosos que acompañan a un amo. La vuelta se hizo dificultosa, quizá demasiado lenta; de pronto Chejfec se demoró y yo, que seguí caminando como movido por inercia, comencé a llamarlo mientras caminaba como si estuviera cerca. Pero el eco me devolvió mi grave voz un poco desfigurada, con un matiz de alarma y de audible lejanía. No contestó a ningún llamado y lo creí tragado por esas luces y sombras del lugar que a esa hora del mediodía, como rayas luminosas y negras de un inmenso pincel afantasmaban todo. Lo volví a llamar y nada. Insistí. Nada. Pensé que se había demorado para hacer sus necesidades. Nada. De pronto oí una musiquita extraodinaria, de acordeón en el campo. Parecía La Veillée de Yann Tiersen tocada por J. Brunenberg en YouTube. Y de allí parecía volver Chejfec lentamente, transfigurado. Traía unas cañas colihues en los brazos como restos nevados de un ritual. Sonrojado y balbuciente, dijo que había estado escuchando los consejos de doña Ratoncilla, la mayor de las lauchas de Beatrix Potter, que no se casó, que se quedó a vivir con sus padres en las raíces de un cohihue, me explicó. La joven solterona había preferido la libertad del bosque, cerca del murmullo del agua y de los duetos del duet-duet, del rumor secreto de las cañas y la dulzura casera de los frutos azules, que rescataban cada noche la vigencia de los cuentos y los chiches de una audiencia lejana pero muy familiar. ¡Parece mentira! ¡Es que estaba allí entre nosotros! ¡Es que pasamos muy cerca de ella!, dijo serenamente Chejfec. ¿Cómo?, le dije. ¡Sí!, entré en la casa, fue un poco incómodo para mí, refirió con su expresión graciosa y crítica, tan animada como habitual en él; ¡pero me encantó!, ¡no sabés!, ¡es un laberinto precioso e insuficiente!, añadió. Fingí no darle al incidente ninguna importancia, quise saber de todos modos cómo había llegado. Me contó más detalles: No sé. No? no sé. Había metros y metros de pasadizos de tierra que llevaban a despensas, almacenes de nueces y avellanas, todos ellos entre las curiosas y desconocidas raíces de la profundidad del cohihue, exclamó. Después dijo enumerando: había una cocinita, y un salón semejante al del Gran Hotel donde nos alojamos, con las arañas de la luz hechas con cornamentas de toritos, esos insectos tan raros como los mismísimos ciervos del Llao-Llao. Había también una alcoba donde ha de dormir doña Ratoncilla. Ah, me llamó la atención que en su mesita de luz había un ejemplar diminuto de Lo sé todo. Precisamente el tomo 2, que habla de los ratones. No había muchas ventanas, apenas unos agujeritos como ojitos de buey con cortinas de alas de libélulas que apenas dejaban pasar la escasa luz. Hablaron muy poco, se ve. Sin embargo, dijo, doña Ratoncilla lo invitó a almorzar. El menú era delicioso, explicó Chejfec: tartas crocantes de miel y semillas, decoradas delicadamente; y para beber aguamiel en minúsculas copas hechas con cascabillos de bellotas. Según se lamentó, aplazó para otro día la tentadora invitación de quedarse a dormir, justo antes de socorrer a la señora laucha que se desesperó por la entrada de unos jovencitos malcriados. ¡Fuera! ¡Fuera, patitas sucias!, exclamó, según parece. Pero era tarde, porque una horda de ratones ya habían entrado a la cueva arrastrando y haciendo tambalear con el enredo de sus colas larguísimas los pocos muebles de doña Ratoncilla. Antes de despedirse la ayudó a limpiar y a ordenar todo, según dijo. Me mostré asombrado con el relato de mi compañero de caminata. Sin duda aquel sitio es único, da cabida a todas las especulaciones. No obstante, quise acudir a mis vagos conocimientos de medicina para establecer qué pudo solicitar entonces esos momentos raptados por el acontecimiento tan obsecuente y fácil como es a menudo el relato "poético". En la excursión del día anterior nos habían advertido del peligro de tocar esas cañas colihue. "Pueden estar infectadas por las heces de los miles de ratones colilargos que habitan el bosque durante la época de la fructificación, que se produjo precisamente después de 60 años, durante este mismo mes que transcurre", nos habían alertado. Pensé en otra dolencia más curiosa: la picnolepsia. Mucha gente sin saberlo, según creo, es atacada por la picnolepsia. Una levísima epilepsia que hace que uno se deslice por los intersticios del espacio-tiempo. Pliegues abstractos en los que suelen entramparse fácilmente los niños. Ya hubo casos famosos: uno, el de Alicia, la del País de las Maravillas. Otro, hace muchos años, en el mismísimo Hotel Llao-Llao de Bariloche. Se dice que el primer incendio que devastó el hotel a un año de su inauguración se debió a que la esposa de uno de los cuidadores, durante la temporada baja, puso a secar en el hogar del gran hall central los pañales de su beba recién nacida y sufrió, mientras contemplaba el fuego, un ataque de picnolepsia. Cuando despertó, el hotel ya había sido devastado por las llamas y a pesar de la nieve todo era una estructura tibia, endeble, de variados matices aún rojeantes entre montículos de cenizas. Ya en la mínima rotonda que nos devolvía al Hotel de vuelta del paseo y después de detenerse a mirar un cartel turístico con detalles de otros "lugares para recorrer", Chejfec me refirió otra historia simple y mucho más humana que la ratonil. Con eso me confirmaba a esas alturas algo que yo había creído descubrir en él: sus dotes de escritor para "el heroísmo discreto". Me cuenta como al pasar: "Cuando mi madre cumplió años, invité a comer a sus amigas. Eran once señoras encantadoras, mi mamá y yo. Ellas se mostraron muy agradecidas con mi invitación. Le dijeron a mi madre qué hijo tan amable y buen mozo tenía. Y le confesaron que sus propios hijos jamás habían tenido un gesto así. Me sentí un poco como Cristo entre apóstoles, subrayó, porque las once viejitas me estimularon desde entonces para escribir y razonar". *** Otro paseo casi obligado se agregó a la reclusión o a las salidas voluntarias. Fue para conocer el cerro Campanario, cuya vista panorámica es, por su complejidad, la tarjeta postal más bella y extensamente pintada. Cierta vez soñé que con cuatro tarjetas postales me fabricaba una casa y ya en ella, veía el monte Fujiyama, unos conejos pintados por Hokusai y dos paisajes que Matsuo Basho hubiera anhelado pisar. Al bajar del cerro en la inestable aerosilla, me tocó una compañera hermosa y amable que me explicó en un momento, mientras volábamos lentamente como ardillas, lo que yo imaginé como "la razón de su vida": "Siempre viví en el sur, dijo, casi nómademente. Los fenómenos naturales y sus excesos nunca me preocuparon; al contrario, me resultan meditables, así dijo. Por ejemplo, que haya explotado el volcán llenando todo de esta arena que llamamos ceniza es un acontecimiento único que reúne en mi caso la generación de mi padre, mi marido y mi hijo, que tendrán la oportunidad de tocar y hablar de un material ignoto, guardado durante milenios en el centro de la tierra". En las sillas que ascendían y nos cruzaban, curiosamente no venían personas, sino cajones con botellas de gaseosas. La noticia del diario Ámbito Financiero de ese día recomendaba: "Hay que lavar el auto seguido porque la ceniza, lejos de ser un simple polvillo, está compuesta de partículas de rocas, lava y hasta vidrio, una combinación perfecta para dañar la pintura, los vidrios y la carrocería". ...pero cerca, muy cerca, en el lago, las truchas daban vueltas bajo el agua. *** Hudson murmuró esa misma tarde: ?te dije que te llevaría, único furtivo conocimiento, hacia la tierra de las ovejas blancas y la ceniza leonada. A la estultífera tierra de la nieve. Donde nadie puede gritar, excepto los pájaros. Allí tus sentidos variando, concentrándose en los accidentes del paisaje -cada esferilla de sílex, cada hoja de árbol, cada cristal innúmero de nieve- se acercarían al eco del sentido y sobre toda esa quieta maravilla como un pisapapeles de Colette, nosotros, los domésticos cauquenes. *** Anoche nos pasaron El resplandor, de Kubrick. Y desde anoche uno de nuestros compañeros de grupo quedó hablando como el nenito de la película, con su dedo y su voz ronca matizada de risitas agudas. El nene se comunicaba con un espíritu que vivía dentro de él llamado Tony, que hablaba por su boca al tiempo que él doblaba su dedito índice: "¿está lindo este hotel, ¿no Tony?". Y Tony le advertía sobre esto y lo otro y lo de más allá. Y nuestro amigo insistía preguntándole al dedo en muchos momentos y en muchos lugares, incluso en el gimnasio, dentro de la tina de hidromasajes. Incluso en los baños. Y el dedo le respondía cosas tales como: "... lo que mantiene al mundo en pie? ¿no es la masturbación, tío? ¿Cómo la practicas tú, dime? ¿Con las uñas pintadas?". Etc. el futuro, el pasado, la alegría o la contra de trabajar con su padre en ese hotel... Cuando el niñito le pide a Tony alguna explicación de por qué no debe hacer tal cosa, tiene la visión de un aluvión de sangre que revienta las puertas de un ascensor entre dos niñas gemelas de aspecto inquietante que siempre lo llaman invitándolo a escribir. El dedo se mueve como un títere mientras él habla como un ventrílocuo. Y Tony es para nosotros ese doble que el poeta italiano Pascoli llama Il fanciulino: un niñito, una especie de ludión que sube y baja dentro del cuerpo sin órganos para no abandonarnos nunca? Para el niño de película también era una capacidad telepática con la que se comunicaba a distancia con el cocinero del hotel (Dick Halloran). Y esto le sería de gran ayuda cuando se dispuso a cocinar para la niña y los niños restantes aquella mesa llena de murmullos y palabras cercanas a la alegría pura y a la pura evasión. *** ¿Qué es un hotel sino el lugar donde podemos obtener, casi como una sustancia, el tiempo de la vida? Y aquí en el?Llao-Llao, en los jardines donde están las dos sustancias tan a mano: la ceniza, el sílex que es el tiempo eterno, y la nieve, que es lo efímero, su fugacidad. Es decir, el tiempo de nuestros antepasados precolombinos, que creían menos en la continuidad que en la interrupción. No el tiempo del movimiento por el movimiento en sí mismo, sino el tiempo de la vida, cuyo sentido es el reaseguro de la continuidad del mundo y de la cotidianidad misma. Y el hotel, un Hotel, ciertos días felices de hotel... En ellos el tiempo puede ceder, puede acabar, puede interrumpirse pero no hay casi que permitirlo, hay que escuchar y escribir lo que dicen sus visitantes, sus paredes, las historias de sus platos, como quiso Joyce y a su modo Thomas Mann. *** La belleza tiene nombre, el ímpetu, la energía de la luz me dice: ¡Hablá! Pero la naturaleza prefiere esconderse la Naturaleza no quiere jugar acá. no es Davos, no es el Schatzalp; sin embargo, la montaña que veo es mágica. Los cuatro puntos cardinales tienen gusto a chocolate soy estas huellas de pato, de bandurria, de carancho, grandes, oscuras, recortadas claramente en los rebordes helados, y las del cauquén, que mira decidiendo ¿nieve o ceniza? ¿nieve o sílex? ¿sílex o carbón? Pero siempre soy la palabra que no adviene todavía. EL MIÉRCOLES, A LAS 19. Historias de hotel será presentado en El Ateneo Grand Splendid, Santa Fe 1869..