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Ficción a la enésima potencia

Viernes 25 de noviembre de 2011 | Publicado en edición impresa Ficción a la enésima potencia Por Pedro B. Rey | LA NACION Reunir bajo el techo del Llao Llao a un grupo de escritores es un experimento que no necesita justificación. El objetivo no era radical. Ni justas poéticas ni sesiones de escritura colectiva. Se trataba, sospecho, de atenuar la soledad, de permitirles una pausa que los descolocara o, si se prefiere, que los inspirara, a sabiendas de la anacrónica rémora romántica que contiene la palabra. Arturo Carrera, con la precisión afectiva de los poetas, definió el hotel, y la situación inédita de esos días, como un falansterio. Quizá sea justo convocar a Charles Fourier, el más adorable de los utopistas (adorable gracias a la impractibilidad luminosa de sus teorías), que se dedicó a imaginar esas comunidades autosustentables donde cualquiera de sus miembros, con sólo desearlo, podía trocar la función que cumplía en el diseño general. Mucho de eso hubo en esta estadía quimérica. Para un escritor, la adquisición de tiempo liso y llano es una suerte de ficción a la enésima potencia: la posibilidad de dedicarse sin segundos pensamientos a lo que, si fuera por él, únicamente haría. En un hotel despoblado por los efectos colaterales de las cenizas volcánicas (que afortunadamente no se dejaron ver), durante días que vieron comprimirse en breve lapso nevadas, la grisura más invernal y el sol más reluciente, la célula utópica formada por Carrera, Sergio Chejfec, Robertita, Gustavo Nielsen, Ariel Magnus y Edgardo González Amer interactuó con una fluidez acaso imprevisible para escritores de estéticas tan variadas. Nielsen, que es también arquitecto y dibujante, se dedicó a relevar con sus lápices detalles invisibles a los ojos del lego; la perplejidad curiosa de Chejfec insistía en recordar al testigo involuntario alguna de sus obras (imposible no asociar sus paseos con los del protagonista de Mis dos mundos); Robertita exploraba, mientras tanto, zonas que convocaran el imaginario de las películas de terror. Carrera fue el mejor defensor de la inspiración contemplativa. Magnus, el que más se ajustó, sin jactancias, a la imagen del narrador laborioso. Por su parte, González Amer, escritor y cineasta, fue además, en otros tiempos, hotelero: la narración de sus experiencias, en una casita perdida en un campo de golf nocturno, fue el mejor relato oral (además de real) de aquellos días. Un célebre editor europeo, Jérôme Lindon, tenía el tic, si le gustaba un manuscrito, de cambiarle el título. El detalle lo cuenta uno de sus autores, Jean Echenoz, en el impromptu que escribió a la muerte del hombre que lo descubrió, que por momentos lo respaldó y por otros lo ignoró, que sólo unas pocas veces lo invitó a comer y que, para su felicidad, tendía a cambiarle los títulos. Basta la lectura de ese texto breve, que oscila entre la admiración y el temor, para entender hasta qué punto, para aquel que escribe, la figura del editor es clave. No hay autor que no sienta, en algún momento, que puede quedar a la intemperie. Un editor no tiene la obligación de actuar como un filántropo pero sí, tal vez, de impulsar una generosa cofradía entre los miembros de esa sociedad virtual que él configura por medio de su gusto e intereses. Guido Indij, editor de Interzona y alma máter de la idea, parece haber calculado con precisión de geómetra la organización, pero también la duración del encuentro, que no le dejó resquicio a la entropía. (Fragmento del prólogo de Historias de hotel, que publicará Interzona). http://www.lanacion.com.ar/1425817-ficcion-a-la-enesima-potencia