11/5/08

Panorama de la edición en Argentina

Los años posteriores a la Guerra Civil Española y la censura franquista produjeron un exilio de intelectuales republicanos y editores progresistas al continente americano donde encontraron las condiciones necesarias para desarrollar y continuar sus proyectos editoriales (Aguilar, Losada, etc.). Así se dio inicio a una tradición de escritores, traductores, correctores y grandes editores como Arnaldo Orfila Reynal, fundador del FCE (Fondo de Cultura Económica, la gran editorial estatal mexicana), organizador de la más importante editorial argentina EUDEBA (Editorial Universitaria de Buenos Aires) y de la editorial argentina y mexicana Siglo XXI y Boris Spivakov, director de EUDEBA hasta verse visto obligado a renunciar en 1966 perseguido por un gobierno militar y fundador del CEAL (Centro Editor de América Latina), con más de 5.000 títulos producidos durante 30 años, que permitieron masificar el acceso a libros variados bajo el lema “Más libros para más” y un concepto: “que un libro cueste menos que un kilo de pan”. Emecé y Sudamericana eran, hasta ser adquiridos por los grupos Planeta y Bertelsman dos reconocidos ejemplos de editores argentinos.

La reanudación de la vida democrática en España, la persecución de ideas durante los años sesenta y setenta, la globalización acelerada, las adquisiciones y fusiones, la concentración internacional del sector y la desnacionalización de las industrias editoriales cambiaron definitivamente el panorama editorial argentino.
La CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe) señala en este continente varios años de crecimiento por encima de los promedios de la economía mundial. Pero para un análisis cabal debemos señalar que estos guarismos generales parten de una industria y mercados bastante golpeados por las políticas económicas de posguerra, que desembocaron en las dictaduras militares que en los años setenta se instalaron en la región, y cuya continuidad permanece omnipresente a través de periódicas crisis económicas, sucesivas y reiteradas, con otros medios, otros nombres y los mismos fines.
La Argentina es uno de los diez países más extensos del mundo y está cerca de ser el número doscientos en términos de población. Alrededor del 70% de las casas editoriales argentinas se radican en la Ciudad de Buenos Aires, lo que da cuenta de la fuerte concentración económica de un país agroexportador, con casi cuarenta millones de habitantes y más de cincuenta millones de vacunos.

De la magra población argentina, más de una tercera parte vive en situación de pobreza o por fuera de las condiciones de satisfacer las necesidades fundamentales. Y evidentemente cuando se está marginado al acceso al trabajo, la salud y los alimentos (nueva crisis mundial que alcanza aún a un país como la Argentina capaz de producir alimentos para cuatroscientos millones de consumidores), se está excluido también del hábito de compra de libros. Y dado que el sistema de bibliotecas es deficiente y el sistema de bibliotecas de aula, inexistente, vale afirmar que la exclusión no es sólo referente al hábito de adquisición sino al acceso democrático al libro, es decir a las oportunidades de educarse, del ocio, de la participación en la ciudadanía social y la adquisición de los bienes simbólicos que constituyen al ser humano y a su autoestima.
En lo que respecta al resto de la población, la no considerada pobre, el consumo de libros se reduce notablemente año tras año, encuesta tras encuesta. La Argentina que tuvo durante gran parte del siglo XX y hasta 1976, al menos, los más altos indices de alfabetización y la industria editorial líder en habla hispana, constata hoy que más de la mitad de su población carece de todo hábito de lectura, un tercio no puede identificar el título de los libros de mayor lectura en los últimos tiempos y el sesenta por ciento no pudo mencionar el nombre de ningún escritor. Y es que el consumo cultural es un rubro de demanda elástica y sumamente sensible a la restricción económica a nivel del presupuesto familiar. Esto es, ante cambios en el nivel de ingresos del grupo familiar se resiente el nivel de consumo cultural y en general se observa la resignación de los gastos no relacionados con necesidades básicas, entre los que se encuentran los libros.

Entre los estudiantes, por ejemplo, un treinta por ciento sobre una población de once milones de estudiantes del nivel inicial, primario y secundario no compra ni recibe ningún libro en un año escolar. Otra tercera parte compra al menos un ejemplar y el cuarenta por ciento restante recibe volúmenes del Ministerio de Educación. El nivel de utilización de apenas 0,7 libro por alumno por año es extraordinariamente llamativas si se la compara con los registros de países vecinos: cuatro libros por alumno en Chile o en Brasil.

Durante la década de 1980 Argentina atravezó distintas oleadas inflacionarias e hiperinflacionarias que hicieron imposible el desarrollo de cualquier actividad industrial y por supuesto de la actividad editorial que requiere un desarrollo de largo plazo. Pero en la década de 1990, bajo un gobierno neoliberal se instauró un sistema cambiario por el que el valor de la moneda nacional, el peso quedaba sofisticadamente atada al dólar. Durante esos años de paridad cambiaria, al tiempo que se agravaba la exlusión y la desigualdad distributiva, aprovechando la estabilidad económica aparecieron varios pequeños proyectos editoriales, muchos de los cuáles sobreviven al día de hoy. Hacia fines del milenio, una tremenda recesión puso su supervivencia a prueba y un fuerte ajuste monetario a principios del 2001 dejó el tablero de juego con las editoriales argentinas en una posición levemente favorable. Por un lado porque el dólar, y principalmente el euro (incluso por el comprotamiento propio de esas dos monedas) se volvieron extremádamente onerosas para el bolsillo de los argentinos, alejándo la posibilidad de adquirir libros de importación y ganándoles a las editoriales locales espacios de exhibición en las librerías que antes no alcanzaban. Por otro, permitiéndoles a los editores, y a la industria gráfica en general, la impresión a precios competitivos, siendo esta la primera necesidad para ganar nuevos mercados internacionales perdidos durante las dos décadas anteriores.
Lamentablemente esta “oportunidad histórica” fue sólo parcialmente aprovechada y la inflación creciente desde entonces ha restado competividad a los editores hasta puntos insospechados hasta entonces. Para ilustrar esta observación señalaremos a modo de ejemplo que el papel obra, el insumo más importante en la industria del libro es considerado un commoditie, pero incluso así no permance “dolarizado”. Si el precio del kilo osciló siempre entre U$S 0,80 y U$S 1,00, cuesta en el año 2008 por encima de U$S 1,50.

A pesar de lo observado, la Argentina produce el 27% de los libros que se editan en Latinoamerica. Y la producción local sumada a la importación de libros (en su gran mayoría españoles) ha superado ya la capacidad de la distribución; la cantidad de novedades, al personal disponible en las librerías para ingresarlas al stock y acomodarlos en las mesas; el volumen de ejemplares a las mesas disponibles.
Para dar una idea de la aceleración del mercado comparemos la producción de los últimos años. En 2003 se editaron en la Argentina 14.000 novedades de las cuales se imprimieron 38 millones de ejemplares; en el 2004, año en que el ingreso per capita fue de U$S 4.000, se publicaron 42 libros por cada 10.000 habitantes, fueron 16.000 las novedades publicadas y 54 millones los ejemplares impresos; en el 2005, 17.000 novedades con 58 millones de ejemplares; en el 2006, 19.000 con 71 millones de ejemplares; en el 2007 la cantidad de novedades y el número de ejemplares invirtió la tendencia y cayó ligeramente. Para completar la información diremos que en 2007, la cifra completa de libros impresos en la Argentina, entre novedades y reimpresiones, fue de 95 millones.

Las estadísticas muestran que en 2006 aproximadamente el 49% del total de las novedades están firmadas por autores argentinos, mientras que en el 2005 representaban casi el 70% del total de la producción. Entre los escritores extranjeros con mayor cantidad de ediciones publicadas en Argentina durante el 2006 mencionaremos a Gabriel García Márquez (fue el año previo al 40º aniversario de la primera publicación de Cien años de soledad), Isabel Allende, Tolkien, Freud, Coelho, Shakespeare, Danielle Steel, Osho, Carnegie, Christie y Poe. En lo relativo a la lengua, los títulos publicados en castellano representaron el 97%. Mientras que la mayor parte de las traducciones provino del inglés (58%) y del francés (12%). También se observa que más del 96% de los libros fueron editados en papel. Del 4% restante, los soportes principales fueron CD-ROM (51%), Internet (17%), e-book (8,7%) y DVD (6%), quedando un restante que se reparte entre ediciones en video (registradas en la agencia de ISBN como libros), ediciones braille, casete, disquete y discos láser. Los géneros y temáticas principales han sido: la ficción con el 10% del total de títulos publicados, la educación con otro 10%, el derecho con el 6%, la literatura infantil y juvenil con el 5%, la poesía con otro 5 %, y así. El mercado de libros de interés general en librerías ascendió a unos U$S 125 millones anuales repartidos en 15 millones de ejemplares. A eso debe sumarse otros libros de interés general en venta en kioscos, con un volumen aproximado de 11 millones de ejemplares con un precio medio de U$S 3,00.

La extensión geográfica y los problemas logísticos de distribución y comercialización son un obstáculo concreto al que se enfrentan los editores argentinos. En pos de la subsistencia del tejido de pequeñas y medianas editoriales y su sistema comercial sostenido en una red de librerías, que garantizan el acceso a la diversidad cultural, el Estado puede y debe intervenir de diversas maneras. Por ejemplo, participando activamente en la protección de los derechos intelectuales del autor y el editor, combatiendo la piratería y la reprografía ilegal, en la ayuda a la edición de libros no mayoritarios, o en la formación de lectores a través de la adquisición de textos escolares o literarios para el sostenimiento de programas de acercamiento a la lectura o la dotación redes de bibliotecas y regulando la concentración de los grupos multimedia que desarrollan líneas de libros educativos, como Tinta Fresca, del grupo Clarín, que además de gozar con la ventaja de contar con el aparato de la publicidad masiva, y la presión política de manejar un multimedio, utiliza canales de distribución cautivos en perjuicio de las librerías texteras, o incluso a nivel continental, la alta participación de Santillana en la educación de los latinoamericanos con manuales de texto para todos los niveles primarios y secundarios en la totalidad de los países del continente, diseñados a veces localmente, pero respondiendo a una perspectiva centralista, y al fin, colonialista.

En los últimos años, el crítico descenso en los índices de lectura a los que llegó la Argentina, originó diversas iniciativas que apuntan a revertir la tendencia y sostener la industria. Mencionaremos principalmente la promulgación de la ley de defensa a la actividad librera que obliga a respetar un precio único para el libro fijado por el editor. La ley del libro en tanto, fue puesta a consideración del Congreso, pero no llegó a ser promulgada. En cambio se está discutiendo en este mismo momento la fundación de un Instituto del Libro para regular y promover la actividad del sector.
En el ámbito estatal, la Comisión Nacional Protectora de Bibliotecas Populares que cuida el abastecimiento de más de 1.000 bibliotecas atendidas en su mayor parte por voluntarios y ad honorem, ha implementado hace dos años un programa de descentralización de sus decisiones de compra y promovido la visita anual de 800 representantes de esas bibliotecas a la Feria del Libro con un presupuesto equivalente €300 per capita. Con la intención de satisfacer las necesidades de las bibliotecas, los editores han acordado ofrecer para esas comprar 50% de descuento, lo que si bien está amparado por la ley de protección a la actividad librera, vulnera justamente las oportrunidades de desarrollo de las pequeñas librerías locales y reproduce, en la elección del bibliotecario, el mismo mapa de demanda que diseña el libre mercado, perdiéndo así el Estado su posiblidad de intervenir en la protección y fomento de las apuestas editoriales más originales y difíciles.
Es digno de ser destacado también el curioso Programa “Libros y Casas” llevado a cabo por la Secretaría de Cultura de la Nación que en un revival del período de oro del peronismo acciona junto a un programa de construcción de vivienda social y pretende entregar 80.000 bibliotecas dotadas de 18 volúmenes cada una, alcanzando a medio millón de beneficiarios con un total de 1,4 millones de libros (producidos directamente por el Estado).
Así mismo se han creado tecnicaturas universitarias de Corrección Literaria y la Carrera de Técnico en Edición.

En lo que respecta a la actividad privada del sector, el conjunto de los editores están agremiados en dos Cámara tradicionales, la Cámara Argentina del Libro y la Cámara Argentina de Publicaciones que recientemente se polarizaron reflejando una división de intereses entre los pequeños y medianos editores asociados a la primera y los grandes y multinacionales en la segunda. Así mismo existe la Cámara Argentina de Papelería, Librería y Afines que agrupa a libreros y el colectivo Editores independientes de la Argentina por la diversidad bibliográfica que reune a los editores alternativos y que está al mismo tiempo federado a la Alianza Internacional de Editores Independientes con sede en París.
Por otro lado, la Fundación El Libro, conformada por representantes de las Cámaras y las Asociaciones de autores organiza la tradicional Feria del Libro de Buenos Aires, el acontecimiento cultural más importante en el calendario de la ciudad, con más de 1.200.000 visitantes a lo largo de 22 días.
Recientemente, después de cincuenta y ochenta años, los dos periódicos de mayor circulación han desmembrado sus suplementos culturales para reemplazarlos por semanarios que repasan la cultura deteniéndose en las novedades bibliográficas a través de comentarios mínimos.

Quizás el próximo paso sea el de buscar la producción de sinergia entre los esfuerzos del Estado, y el de los editores, libreros, autores y promotores de la lectura que deberán aunar esfuerzos y debatir soluciones para la implementación y aplicación de políticas de fomento y protección del sector responsable de promover la identidad cultural y de generar espacios creativos.

Guido Indij
Buenos Aires, 2008





* Guido Indij es editor. Desde 1992 dirige la casa editorial la marca editora, y desde 2002, Asunto Impreso Ediciones. Es miembro fundador de EDINAR (el colectivo de Editores independientes de la Argentina por la diversidad bibliográfica), socio activo de la Cámara Argentina del Libro y de la Alianza de editores independientes por otra globalización.