24/9/05

El ‘editor surfer’

El editor independiente (hasta hace poco, antes de trocar nuestra juventud por un centenar de títulos publicados, de nosotros decían “jóvenes e independientes”) es un surfista. En Argentina ‘las olas’ que se nos imponen se llaman inflación, hiperinflación, recesión, importación indiscriminada y pavota de libros españoles, concentración de editoriales y formación de conglomerados multinacionales que fijan sus propias reglas de juego, crecimiento de cadenas de librerías que las toman de manera tal que no nos favorecen, reducción de superficies para la exhibición de nuestras novedades, reducción de los espacios de crítica (que son administrados por los mismos multimedios que priorizan la promoción de sus propias publicaciones), reducción de la tasa de renovación de lectores de ‘nuestro fino y exquisito material’. En fin, el editor independiente es un surfista y un tanguero.

Intentaremos aquí, según se nos ha solicitado, describir nuestra actividad, sin ese llanto que suele pintar nuestra aldea y caracterizar nuestro ánimo. Y lo que nos define, no es la independencia, ni las penurias, es el surf: la capacidad de navegar las olas, así como se nos van presentando.

Hoy la marea, (las condiciones del mercado) parece favorecer la navegación. Hay un florecimiento de la actividad. La devaluación parece haber cerrado parcialmente el puerto a los libros españoles, que ahora vienen en cantidades tamizadas por la cautela y luego de una selección más cuidadosa. Mientras, y a pesar de la inexistencia de campañas de fomento a la lectura, un reducido grupo de argentinos, la resistencia de la lectura, nuestros lectores, no ha claudicado en el ejercicio de la actividad que nos vincula. Si en el 2003 se editaron en Argentina 14.000 títulos y 38 millones de ejemplares, en el 2004 los títulos fueron 16.000 y los ejemplares 54 millones. Aunque aún no hemos llegado a los volúmenes de otros años, en el primer semestre del 2005 se han editado 9.000 títulos y 28 millones de ejemplares. En los últimos años se han fundado más editoriales que las que han desaparecido. La relación de la calidad editorial y el precio de los libros parece haber encontrado un punto de equilibro.

En este panorama, cada libro nuevo que editamos es una nueva ola creada por nosotros, y sólo la capacidad de regeneración de nuestros catálogos nos mantiene a flote. Aquí estamos, quizás, más cerca de una definición de nuestro quehacer. Somos autónomos: estamos solos, con nuestra tabla, y decidimos cuando salir a surfear. El mar es grande, nosotros pequeños: tenemos reducidas chances de equivocarnos. Pero en definitiva no somos independientes. Dependemos de nosotros mismos, de nuestra habilidad, de un presupuesto, de una realidad oceánica. El éxito de nuestra navegación dependerá de si somos buenos o malos surfers. Y al final, es de eso de lo que nos importa hablar esta noche, no de editores independientes, sino de la existencia de buenos y de malos editores (independientes).

O en todo caso, si lo prefieren, podemos tomar el universo de los editores, y excluir de él al subconjunto de los freelancers, al subconjunto de los que trabajan en relación de dependencia, y quedarnos sólo con aquellos que ‘son’ una editorial, o que dirigen una microempresa, asumiendo multiplicidad de roles, entre los que se encuentra el de editar. Y de entre estos, quedémonos con los buenos. O sea, los que poseen el don de la imaginación, son fieles a criterios de excelencia en la concreción de objetivos materiales, y están dispuestos a asumir el riesgo necesario para la agitación cultural a través de esa producción. O sea, que no solamente quieren salir a surfear, sino que están dispuestos a aplicar su capacidad en el intento de producir olas.

Esta última me parece una de las características esenciales del ‘ser’ un buen editor: poder insertarse en lo que pasa. Interpretar con cierta anticipación el comportamiento del mar que a uno le toca, y poseer la habilidad de acomodar la tabla y la posición para aprovechar esa fuerza. Pero no sólo es deber del buen editor interpretar lo que pasa, sino intervenir en la identificación y promoción de la vanguardia, en la defensa del experimentalismo y en la apuesta de riesgo que significa proponer nuevos valores. Es que la actividad del editor se ve realizada cuando participa de la formación del gusto.

Para ello el editor maneja cuatro materiales. De acuerdo a su uso, y al modo en que la factura del producto privilegie uno sobre el otro, así, el editor impostará su voz, enunciará su mensaje, o sea, construirá su catálogo. Estos materiales son: los contenidos, los formatos, la técnica y el precio.

A los editores nos gusta creer que la idea editorial es tan importante como el contenido. Pero muchas veces descuidamos el continente. O a veces la idea que tenemos es simplemente irrealizable porque el precio final del producto no tendrá un mercado real. En este sentido, y sin entrar en el desarrollo de cada uno de estos elementos, baste decir que es la coherencia del uso de estos materiales lo que resulta en una buena o mala edición.

Y es la coherencia de las colecciones, y el ritmo del catálogo lo que hará que de las ediciones que ofrezca una casa editorial se pueda decir que hay detrás un buen (o mal) editor. O incluso que no hay allí editor alguno.

Entonces, ¿cómo se convierte uno en un editor?

No voy a traer aquí ninguna epifanía, ni a inventar una respuesta romántica. Todos lo sabemos, los libros contienen un virus, y los que nos dedicamos a los libros, editores, escritores, libreros, tipógrafos, diseñadores, imprenteros, encuadernadores, lectores comprometidos; todos nosotros sabemos que es así. Compartimos un virus, que para algunos huele a tinta, para otros a papel.

Si además de ese virus, uno tiene vocación por participar en la alquimia de transformar ese papel y esa tinta, en una mercancía, entonces uno es ya un editor. Como nos dice Roger Chartier en El mundo como representación, “editar es convertir textos en libros y libros en bienes de consumo.”

O sea, que si uno maneja el oficio que le permite relacionar una producción autoral con el mercado, para ser independiente, sólo necesita cierta limitación de recursos. Y a no lamentarse, porque es sabido que son los límites los que nos permiten desplegar la creatividad.

Pero, ¿en qué consiste ese oficio? Creo que es una combinación de 1) saber leer, 2) desarrollar el sentido del olfato, 3) la aplicación del buen criterio y 4) la capacidad para programar.

Siendo que una gran parte de los proyectos editoriales en los que me involucro son de contenido visual, esta claro que cuando digo ‘leer’, digo también ‘ver’. Porque en el sentido con que lo traigo, estar alfabetizado significa ‘saber leer’ qué es lo que pasa alrededor de uno.

El sentido del olfato, bueno, ese se desarrolla dándose de narices contra los propios errores.

El criterio es al productor cultural lo que el estilo es al artista o al escritor.

Y finalmente, respecto a la capacidad de programar, es fundamental en este sentido: el editor más independiente, por ñato que sea, no puede declarar su independencia de una estrategia. El editor depende en principio, de su propia de supervivencia.

Para no perecer, cada libro debe pagarse a si mismo. Para seguir editando, cada libro debe pagarse a si mismo y permitirnos además, pagar la luz, la conexión a Internet, un nuevo disco rígido cuando éste colapsa, el pago mínimo de la tarjeta de crédito con la que compramos el disco rígido, y el café. Para crecer, cada libro debe poder hacer todo esto y dejar además una ganancia que pueda ser reinvertida en un proyecto que espera ser editado.

Y en definitiva, es ese el proyecto de un editor. Porque, si para un autor el proyecto es escribir, y ser editado; para un editor, su proyecto cultural consiste en la creación silenciosa de un catálogo. Editar no es editar un libro, editar es seguir editando. Un catálogo es un diploma al mérito de la subsistencia.

¿Pero cómo se constituye un catálogo? Dado un mar de posibilidades, la tarea consiste en imaginar lo que otros editores no han imaginado aún. Así como frente a un bloque de Carrara, Michelangelo Buonarotti veía aquello que estaba escondido, aquello que habría de sacar con mano maestra, para finalmente ofrecernos a nosotros, su público, la pieza escultórica que desde un principio estaba allí... así el editor debe seleccionar entre un mar de textos e ideas, imaginando una forma, sólo aquello que merece ser sacado a la luz.

Recordemos que editar viene del latín editio, que significa parto, o sea, dar a luz. Editus, la acción de producir, el acto de proclamar, es el participio pasivo de edere, que significa producir, proclamar, empujar hacia fuera. Quizás por ello, cuando publicamos una obra, cuando transformamos un inédito en una obra publicada, nos planteamos un ‘lanzamiento’. De eso se trata, de elegir un texto y darle un formato que lanzamos a un público.

En épocas de saturación informativa, la selección de ese texto es cada vez más crítica, necesaria, valiosa y agradecida. No sólo por el público sino por la naturaleza de cuya destrucción y abuso pretendemos no ser cómplices. Cierto es que frente a la industria de los diarios y las revistas, frente a la cantidad de resmas de papel que usamos para imprimir tonterías, o las miles de toneladas que se utilizan a diario, en la impresión de cheques y papel moneda, la industria del libro no es la mayor contribuyente a la deforestación irracional. Sin embargo, frente a la charcutería del libro, a la industria del libro de saldo, siento una especial repulsión. Veo a gerentes de editoras multinacionales dibujados por Georg Grosz, haciendo negocios paralelos con libreros de saldos dibujados por Otto Dix. Porque convengamos que esa industria no viene a brindarnos una solución a nosotros, a los editores comprometidos con nuestro catálogo, ayudándonos a deshacernos de invendidos, con el fin de reducir nuestro costo de almacenaje. Nosotros, los que consideramos nuestro sello como una marca de valor, no podemos, ni debemos, y sobre todo no queremos malvender nuestros libros. Por lo general nuestros libros son perennes, o como solemos decir, “de fondo”.

En este punto quiero señalar la semejanza importante entre las actividades de dos protagonistas de la saga que estamos describiendo: la del editor independiente (y me permito desde aquí usar esta convención, editor independiente, para referirme al tipo de editor que estamos queriendo describir) con la del librero independiente (y me permito decir librero independiente para no derivar estas líneas en el intento de describir con mayor exactitud la actividad de éste tipo de libreros, que depende también de múltiples interacciones).

Esa similitud radica en que ambos (editor y librero) partiendo de una masa de información, deben aplicar un criterio personal de selección para conformar su catálogo el primero, su oferta bibliográfica frente a un universo de 500 títulos nuevos editados en el mundo a diario, el último. Y a partir de conocer ésta y otras similitudes que no quiero ponerme a listar aquí, pero entre las que seguramente tiene especial significación el saberse ambos especies en vías de extinción, se asientan las bases de una relación de mutua colaboración.

Este vínculo relacional es muy importante. Cualquier editor que haya visitado una librería, para conversar con un librero corroborará los beneficios de esa visita. Se forjará en ese encuentro el diálogo que le permite al editor comunicar de primera mano los futuros proyectos. Y es a partir de ese conocimiento, que el librero habrá de comprometerse con un libro (o en el mejor de los casos, con un catálogo) y derivar finalmente en ‘un voz a vos’, en la sugerencia y recomendación al lector. Porque convengamos que la librería independiente, no tiene mejor herramienta para la venta que la sugerencia del librero.

Pero s obre todo, el editor podrá en el diálogo con el librero, identificar necesidades, localizar vacíos, oír sugerencias, tener un contacto indispensable con la punta del canal donde su libro es elegido, ignorado o despreciado. Intentar, en la observación silenciosa del comprador, entender porqué.

Pero cuando el librero independiente debe cerrar su local, porque una gran superficie cambia el hábito de compra de su barrio, es cuando ese diálogo se acaba. Tampoco el editor independiente puede mantener ese diálogo con un gerente de marketing, un espécimen que habla otro idioma y que en cualquier caso tampoco está en contacto directo con el lector. Su trabajo principal es el de fijar, de manera más o menos indirecta los precios de los libros (antes competencia exclusiva del editor), los valores de la “punta de góndola”, los descuentos, en fin las pautas de mercado.

Y aquí, evitando adentrarme en la descripción de la actividad específica de un librero independiente (que es también una actividad que desarrollo, pero cuya discusión queda para otro ámbito), quiero señalar una característica ontológica que lo emparenta con la actividad del editor independiente. Es la relación con el tiempo. El lugar que el tiempo juega en su actividad. Frente a un libro dado, el gerente de marketing analizará coeficientes de rotación de los stocks y posiblemente habrá de solicitarlo en consignación. El librero independiente, en cambio, intentará conseguir todos los ejemplares que pueda permitirse pagar para mantener a su librería bien surtida con un material de calidad, tanto hoy, como los años venideros.

Hace poco señalaba Ecequiel Leder Kremer, que los 100 títulos más vendidos de la Librería Hernandez representaban apenas un 20 % de su facturación. Y que los 7.000 ejemplares que vendía la librería en un mes, estaban repartidos en 5000 títulos. Eso es algo que sólo se puede lograr con una historia de librería. Una historia puesta en la formación de la oferta.

El editor independiente, desea y espera un éxito de ventas, pero mientras tanto sabe esperar el tiempo que un libro ‘difícil’ necesita. Una editorial es una empresa cultural de ciclo largo. Y un editor independiente, como un librero independiente tienen como objetivo social el sostenimiento de la bibliodiversidad. Frente a la uniformidad de la oferta, porque los grandes grupos editoriales tienden a ocupar espacios con colecciones similares a las de otros grandes grupos editoriales, nuestra misión consiste en ‘brindar opción’.

Paralelamente, y completando el panorama en el que desarrollamos nuestra actividad, presenciamos la desaparición de los medios de crítica independiente. Y de los espacios de crítica en general. Los matutinos pierden sus suplementos de cultura. Las páginas de cultura se reducen a una página que cuando se ocupan de un libro es casi siempre de uno publicado por la editorial del mismo multimedio propietario del matutino, o de otra multinacional que pauta publicidad los domingos. Los espacios de reseñas de las revistas se reducen a una pastillita, a una grageita más chiquitita que el copete de la gacetilla de prensa. Y lo mismo ocurre con los espacios de crítica de teatro, de cine…

Frente a la desaparición de los espacios de crítica, lo que equivale a decir, frente a la desaparición de los espacios de producción cultural, cedidos al espectáculo, el editor, como uno de los protagonistas más antiguos de lo que hoy, (y sobre el cadáver de Adorno) llamamos con un signo de pretendido valor “industrias culturales”, debe asumir el desafío de la creación de espacios culturales.

En este punto me doy cuenta que he descripto cómo se convierte uno en editor, más aún resta intentar dar respuesta a… ¿cómo se convierte uno en un editor independiente?

El editor independiente es aquel que surfea por los intersticios, el que se ocupa de aquello de lo que no se ocupan otros. El editor independiente edita muchas veces a contracorriente de las lógicas del mercado. Es que allí esta su lógica. O al menos lo que lo hace acreedor de protagonismo en esta charla. Por que el editor que nos interesa, es ese que va a contracorriente. Pero que ha entendido que hay allí un mercado, y que es esa su porción de mercado. Muchas veces, para evitar explicar porqué he editado este o aquel libro, y evidenciar si se trató de un mero gusto personal, un capricho o un error, prefiero decir, y claro, pensar para mi: “Y, si no lo edito yo, quien lo edita?”

Por que hay cosas que “los mayors” simplemente no pueden editar. Y si hablamos de intersticios, y hablamos de “los grandes” no se me ocurre cómo iluminar mejor ese concepto que con la imagen que a veces cita Daniel Divinsky, padrino profesional de mi editorial. Daniel lo cuenta así, y referencia la imagen a un ejecutivo de una multinacional de la edición. El mercado de la edición es como una gran caja, llena de pelotas. ¿Cuántas pelotas de tenis entran en una caja de zapatos? ¿6, 8? Cuando está llena, obsérvese que aún hay intersticios donde podremos acomodar una cantidad igual o superior de pelotas de golf. Y ahora así, con la caja llena de pelotas, obsérvese que aún queda espacio para colocar unas cuantas bolitas de vidrio. Siempre hay lugar para acomodarse en los intersticios. Por eso los proyectos editoriales independientes más destacados son aquellos que se especializan. Y es justamente esa especialización la que contribuye a la instalación de una marca, si reconocemos en esto último una herramienta de conquista del mercado. Y allí mismo reside el valor que hace que el dueño de las pelotas grandes, quiera hacerse también de las pelotas chiquitas. Luego el hecho de que uno entregue las pelotas o resista, persista en su pretendida y amada independencia, tiene más que ver con factores e historias personales…

No quiero finalizar mi participación en esta mesa, sin señalar otros rasgos que a mi parecer caracterizan la actividad del editor independiente. Otra manera de definirlo es por su elección de la calidad, por sobre la cantidad. Lo nuevo, por sobre lo consabido. Es el editor que tiene un respeto por su gusto, frente a los resultados de las listas de best-seller, el ranking, el rating… El que apuesta a la educación del lector, y a la creación de un público.

Aunque no sea el editor independiente, independiente de la cuenta de resultados y del balance anual, quiero citar aquí al colega Manuel Borrás, cuando dice en otra mesa y sobre este mismo tema que “si de algo hemos de ser acreedores, es de aquello en lo que creemos”. En su caso, en la literatura.

Cuando entro en una librería, nunca se me ocurre que mis libros compiten con otros libros. Se que mis libros tienen sus lectores. En cualquier caso, cuando entro en una librería en un shopping siento que la competencia ya no tiene que ver con la relación de mis libros con otros libros, sino con la competencia de los espacios cuya partida esta jugada de antemano entre los gerentes de marketing de las editoriales ‘grandes’ con los gerentes de compra de esa superficie. Y luego me compadezco pensando que esos libros tampoco están compitiendo con los míos, sino con las medias, las carteras y las corbatas de los otros locales. No le temo a la competencia. Así que cito una vez más a Borrás: “le teme a la competencia quien no tiene un proyecto editorial”.

Eso es lo que precisa un editor para ser ‘independiente’: un proyecto (en la metáfora que propongo: una tabla de surf), un poco de mística (el mismo objeto libro aporta su aura), espíritu de aventura, confianza en sí mismo y pasión.

¡A seguir editando!